Opinión

Dios y El Mundo: Educar en y para la fe en un “supermercado de religiones”

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Acaban de cumplirse 231 años desde que en la revolución francesa-madre de todas las revoluciones modernas- dio el grito de libertad, igualdad y fraternidad; un sueño de construir un mundo, un hogar, una familia humana sostenida por esos tres valores y con un denominador común: sin Dios. La libertad sin Dios se convierte en un azote que esclaviza y genera muerte; la igualdad sin Dios llega a convertirse en anulación de lo singular-personal convirtiendo a los sujetos en una masa irracional; y la fraternidad sin Dios no pasa de ser una filantropía utópica que genera frustración y pesimismo. No podemos partir del presupuesto de que Dios es enemigo del Hombre. Eso no corre por las venas de la humanidad, sí por la mente de algunos que reaccionan visceralmente ante lo evidente de una presencia silente y única necesaria: Dios.

Pudiéramos afirmar que no hay nada más humano en la persona que la fe. Sí, la fe nos hace humanos, la capacidad de elevar la mente, el corazón, la vida. La fe nos permite trascender el plano de lo material-físico con su sino de fatalidad y muerte, pues el mundo entero tiende al caos y la muerte; pero desde la fe, esa fatalidad se transforma en esperanza, vida más allá de la muerte, sentido del presente y comprensión del pasado.

La fe como relación profunda del Creador con la creatura, del Padre con los hijos abre camino al desarrollo de la persona y sus relaciones sociales; permite dar orden al mundo y articular todas las experiencias, incluso las de dolor, para percibir un sentido. Es verdad, la fe humaniza al hombre al hacerlo trascender del plano natural hacia lo sobrenatural descubriendo una verdad profunda que constituye el eje fundamental de toda existencia humana que se reconoce como tal: somos seres espirituales en cuerpos materiales y no viceversa. Esta verdad eleva al hombre de lo básico, instintivo y animal. No es verdad que somos “animales racionales”. Esa es una definición “progresista” de la ciencia. La fe nos permite reconocernos como hijos de Dios, hermanos de todos, llamados y convocados a vivir en su reino por medio de la fe en el Hijo único que nos ha hecho hijos. La fe viene a ser no solo una visión de Dios, sino también una visión del mundo y del ser humano; respeto, convivencia, dignidad. Se traduce además en un modo concreto de vivir y ser con los demás en el mundo. El mundo se convierte en hogar; la libertad, en posibilidad de ser y amar; la igualdad en reconocimiento de la singularidad de cada persona y su dignidad como hijo de Dios y la fraternidad se hace posible respetando las diferencias de cada nación y cultura. Todos estos significados vienen acuñados con un término antiguo: católico (en griego kata-holos, es decir, según todos). Por eso toda fe, para que no sea ideología esclavizante y sectaria, debe ser necesariamente católica.

Como consecuencia, la fe no es un valor secundario en el proceso de crecimiento humano y social. Por el contrario, es esencial y necesaria una educación en la fe y para la fe en orden a una armonización de todas las dimensiones de la persona: lo humano, lo espiritual, lo ético, lo relacional, lo metafísico, lo productivo exigen un horizonte de fe que haga a la persona responsable de sus acciones y decisiones y fortalezca el compromiso humano garantizando su pervivencia en el tiempo.

La educación en la fe fortalece el entendimiento y comprensión de la vida para no ser rechazada y prepara para asumir la propia muerte y la de nuestros seres queridos; aleja el temor a la muerte al ser luz en la oscuridad. Además, plantea motivaciones profundas que sostienen e inspiran la ética y moral de una persona y sociedad. No por nada, el principio y origen de la sabiduría humana es el temor de Dios; a partir de esa relación fiducial y reverencial con Dios, que llamamos temor, la persona acoge la prudencia, sensatez, profundidad en la vida y supera la tentación de vivir efímeramente su existencia como si fuera una estrella fugaz sin origen, sentido y meta. La fe, por tanto, ayuda a la persona a “echar raíces”, es decir, a adquirir un fundamento sólido que le permite sortear todo tipo de dificultades, asimilar un sentido mayor y triunfar más allá del éxito inmediato.

Toda persona tiene necesidad y derecho de ser iniciada en la fe. La dimensión espiritual es un eje antropológico imprescindible y no puede llenarse con cualquier elemento. Requiere cultivo constante desde la niñez hasta la madurez, pues en teoría debería crecer a la par del crecimiento de la persona. La fe se transmite de dos formas, fundamentalmente: 1. En la escucha-predicación del misterio de Dios y del hombre en diálogo existencial a través de la palabra de Dios y 2. En la visión-testimonio de la vida de fe de las demás personas. De esa manera aporta los dos componentes esenciales de la fe: doctrina y vivencia.

De lo dicho anteriormente emerge la necesidad de comprender que la fe sólo puede ser transmitida por: 1. Maestros que conocen en profundidad los misterios de la fe, sus implicaciones, límites, oyentes cualificados de la palabra que les interpela, purifica, anima y fortalece. 2. Testigos que, cual evangelios vivientes, hacen creíble las verdades de fe, modelan la vida de las personas y se convierten en referentes fundamentales de la comunidad como sujeto creyente.

Finalmente, es necesario afirmar lo difícil de educar en la fe dentro del pluralismo religioso que encontramos. Cualquiera puede hacer la pregunta de Pilatos a Jesús: “¿Quid veritas?” A la cual sigue como respuesta el silencio de Jesús, pues la verdad brilla y se defiende a sí misma. La verdad de la fe nos es dada, no creada por nosotros al modo de fábulas imaginarias. De allí que tras la pluralidad o “supermercado religioso” al que asistimos, se esconden innumerables motivaciones y orígenes que deben ser discernidos a la luz de la verdad revelada y no manipulada según intereses o perspectivas subjetivas. Ciertamente desde el punto de vista ético, a nadie le es lícito crear una “religión a la medida de sus intereses, gustos, percepciones, necesidades” y venderla luego como trascendente y revelada, de origen divino. Una fe fundada en verdades históricas, bíblicas, maduras, es la mejor vacuna frente al “supermercado religioso” propio de nuestra era fragmentada y relativista que busca más sensaciones emotivas que salvación objetiva; busca más lo estético y hermoso que el compromiso con Dios; que se queda en las formas y no profundiza en los contenidos. El imperio de lo exterior y el abandono de la interioridad, lugar del encuentro íntimo con Dios. En el fondo, una ausencia y vacío de Dios y un exceso protagonismo del hombre; religiones sin Dios, pero con mucho espectáculo.

P. Gilberto García SCJ

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