Opinión

Miel y Salmuera | LA CIUDAD

Comparte
image_pdfMira en PDFimage_printImprimir

     Anclada a orillas del mar, la ciudad era conocida por sus hermosas playas y su pujante actividad comercial. Los numerosos turistas que la visitaban quedaban maravillados por sus paisajes, la calidez de su gente y el crecimiento inminente de aquella tierra, pero se marchaban decepcionados de sus pésimos servicios básicos y la pobreza de su infraestructura turística.

     La delincuencia imperaba en el sitio, lo que antes era una ciudad tranquila, apacible, con la llegada del comercio y el crecimiento económico se convirtió en un lugar sin ley, sin seguridad: una triste parodia de desarrollo.

     Sus gobernantes, como en otras tantas ciudades del mundo, no eran quienes aparentaban ser. La mentira, la envidia, la maleficencia, la estafa, el robo, la corrupción y la extorsión eran su punta de lanza, aunque ante el electorado trataban de irradiar un aura de honestidad y bondad.

       Los que habían ocupado distintos cargos en la administración pública ahora tenían puestos de mayor poder y responsabilidad, pero la ineptitud mostrada en su antigua gestión, junto con la mediocridad y el nulo sentido de compromiso, los convertía en los payasos del circo en que se había transformado el gobierno.

      Atrás habían quedado los pantalones todo terreno, las franelas de “precios solidarios”, las gorras, los zapatos de goma, el bolsito de explorador colgado a la cintura, pero seguía el andar por los pasillos de las sedes gubernamentales cobrando un salario sin trabajar, más las ganancias adicionales de jugosos negocios.

      Ahora, el puesto de alta jerarquía era acompañado de “un rediseño de imagen”: sacos de colores sobrios, camisas blancas o franelas de marcas reconocidas, pantalones haciendo juego, zapatos bien lustrados, lentes correctivos que brindaban un aire de sofisticación e intelectualidad, además de un léxico renovado y la presentación de proyectos, declaraciones a la prensa, participación en comisiones y visitas a las comunidades para hacer promesas que seguramente irían al baúl del olvido y de las obras inconclusas.

      Nueva imagen, autos recién comprados, retorica vacía y lo mismo de siempre: pocos resultados y escaso esfuerzo, así como falta de amor, dedicación, empeño y honradez. Era como si en su código genético llevaran inscrito el facilismo, la adulación, el engaño y el histrionismo. ¿Con qué basamentos podían ufanarse de sus actos si cuando fueron jefes de departamento o de oficina nunca cumplieron con sus obligaciones? “No dieron la talla”, decían algunos.

      A pesar de esto, los habitantes albergaban grandes esperanzas y continuaban creyendo en sus políticos. Pero los gobernantes no merecían tal apoyo, pues no confiaban ni en sí mismos. Tras las “ayudas económicas a la comunidad” y “las obras de gran envergadura” existían negocios a puerta cerrada, pases de factura, cobro de comisiones, trámites ilícitos, desviación de fondos, lo cual demostraba la ausencia de ética, de valores morales, falta de conciencia ciudadana, pobreza de espíritu y amor desmedido por el dinero.

      Pero esto no era novedoso. Hasta aquí todo normal. “De donde venimos también ocurre lo mismo”, “Esto es común en muchos países; en unos más que en otros, claro”, afirmaban las personas que visitaban la ciudad, y hasta los residentes en ella. Sin embargo, había un asunto que realmente dejaba atónitos a propios y extraños por igual: la ciudad no tenía niños.

      Efectivamente, en aquella urbe existían pequeños seres con la edad, tamaño y fisonomía propia de los infantes, pero no se comportaban como tales. Parecían niños, pero no actuaban como ellos. Se comportaban como adultos, hablaban como adultos y hacían cosas de adultos, sin realmente serlo.                                                                                                                                                

      Tal vez era influencia de los políticos, de la tecnología, de la televisión, de las películas, de los videojuegos, de las redes sociales, de los padres, de los hermanos, de los maestros o de los amigos -aún no se ha determinado la causa- pero los niños de esa ciudad ya no eran como los infantes que aún se conseguían en otras ciudades del país y del mundo.

     Ya no reían y jugaban con inocencia, maravillándose de cada elemento que descubrían en su entorno. No se bañaban en la lluvia, no jugaban con las pelotas o al escondite, no saltaban la cuerda, ni leían cuentos repletos de imágenes de princesas, lobos, dragones, naves espaciales o personajes divertidos.

     No. Se habían convertido en seres irreconocibles, aislados del mundo que los rodeaba, permaneciendo conectados a una máquina que, según los expertos, representaba una ventana al conocimiento, siempre y cuando tuviera la cuenta del servicio al día. Además, cada pequeño tenía un aparato telefónico portátil que, por supuesto, debía ser de última generación, permitiéndole tomar fotografías, grabar videos, y almacenar su música favorita, la cual –aparentemente- estaba dedicada al mejor amigo del hombre, porque constantemente hacía referencia al “perreo”, y quien no la escuchaba se convertía en el centro de las burlas de sus compañeros.  

     Los que estudiaban, ya no se sentían seguros en los colegios ni liceos, pues podían ser víctimas de personas inescrupulosas que los grababan o fotografiaban, sugiriéndoles cometer actos propios de las personas mayores y que sólo un adulto, con la madurez que debe caracterizarlo, es capaz de hacer conscientemente.

     Esos niños y niñas, que ya no eran tales, se estaban convirtiendo en seres grises, sus almas estaban siendo arrastradas por la vorágine de la ciudad. Iban perdiendo su capacidad de asombro y ya no querían disfrutar de la naturaleza jugando al aire libre. Pero es que tampoco había dónde hacerlo. Con el tiempo, la ciudad se transformaba en una mole de concreto. Los gobernantes construían parques y los inauguraban con bombos y platillos, en medio de un espectáculo de fuegos artificiales; pero apenas contaban con unas pocas plantas y arbolitos de aspecto lánguido, que en vez de crecer, iban extinguiéndose con el paso de los días, pese al exorbitante monto de dinero invertido.

      Esos parques “familiares” que pretendían enrumbar a la ciudad hacia una verdadera “metrópoli” (según la campaña informativa del gobierno) carecían de juegos infantiles. No existían toboganes, ruedas, estructuras para escalar, balancines, sillas para columpiarse, áreas para jugar fútbol o béisbol, ni donde la familia en pleno pudiera pasar la tarde disfrutando de la alegría de permanecer unida.

     Por donde se mirara surgían nuevas edificaciones, todas ellas con fines comerciales, que evidenciaban el carácter mercantilista de sus inversores y dueños, dejando claro su bajo nivel de respeto, responsabilidad y compromiso hacia las comunidades.

      Los colores brillantes, los paisajismos, los lugares recreativos, el amor por la naturaleza y la sensibilidad social parecían ser sepultados por los constructores de la ciudad. De seguir así, tal como lo afirmaba uno de los ancianos fundadores de esas tierras y quien pronto cumpliría 106 años de vida, los habitantes de la zona empezarían a morir poco después de nacer, con un cuerpo físico que crecería y poblaría la región, pero huérfanos de la esencia humana que impregna cada milímetro del universo y nos convierte en seres perennes para quienes nos amaron.

         Si con el transcurrir del tiempo la situación no cambiaba, todos la conocerían  como una ciudad perdida, triste, desolada…prácticamente sin alma, mientras que sus gobernantes (definitivamente muertos en vida) continuarían realizando lo que sólo ellos sabían hacer mejor que nadie antes de la pandemia, cuando todo era “normal”. Normalidad a la que pretenden regresar cada amanecer, silenciando el cantar del gallo.

Ana Cristina Chávez

[email protected]

Deja una respuesta