Opinión

Mantenerse cristiano en cuarentena

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P. Jesús Camacho SCJ

Dios y el mundo

Al inicio de la cuarentena muchos pensamos que serían solo cuarenta días, era lógico pues nos dejamos llevar por el término utilizado, y no nos causaba mayor angustia: muchos dijeron es momento de ordenar la casa, al fin un rato de descanso, los niños lo veían como vacaciones y así pasamos cuarenta, ochenta, cien… Lo que anteriormente era un alivio se convirtió en angustia: el encierro, el miedo a contagiarse, la crisis social, todo nos ha llevado a preguntarnos qué hacer. Incluso la vida cristiana que llevábamos se nos truncó, la creatividad de la semana santa parece haberse quedado en una espera pasiva. Cada día es más complicado volver a las iglesias y mientras nuestras existencias continúan y nuestro deseo de Dios crece más.

Nunca ha sido fácil ser cristiano, vivir como discípulos de Cristo es nadar contracorriente, pero ahora en que nos vemos desprovistos de la celebración comunitaria de los sacramentos y sin el calor de la comunidad creyente, nos vemos sumergidos en un cúmulo de situaciones que no son muy cristianas: miedo, tristeza, desesperación, angustia, desesperanza, sequedad e incluso pérdida del sentido de la vida. Es complicado mantener el tenor del discipulado en medio de esta situación de pandemia, por ello les propongo cinco prácticas de la vida cristiana que nos pueden ayudar a perseverar en la fe, la esperanza y la caridad.

Lo primero es la oración. Más allá de los flyers, cadenas de oración o velas encendidas en la historia del WhastApp, la oración es la oportunidad que el creyente tiene para descubrir a Dios dentro de sí mismo, sin más condición que la paz interior para profundizar en la propia situación y en la del mundo, descubriendo el dedo de Dios que hace trazos de misericordia en la arena de nuestra historia. Para orar no es necesario estar en la iglesia, pero sí ser Iglesia; la vida de oración se trata de ir más allá de las paredes de la capilla y establecer una doble comunión: orar con los santos que alumbran en nosotros la esperanza del Reino y orar con las necesidades del hermano para comulgar con su dolor y descubrir a ese Cristo silente y humilde. Donde hay un corazón que busca a Dios e intercede por todos allí está la Iglesia entera orando y alabando.

En estos tiempos todos necesitamos, pero hay unos que experimentan más vulnerabilidad: los ancianos que deben pensar si medicarse o comer, los niños, o aquellos a quienes desde fuera le enviaban remesas y que ahora ni sus familiares emigrantes tienen para vivir. La caridad nos impulsa a pensar más allá de nosotros mismos y a darnos cuenta de existe otro, que no eres el único en cuarentena, que eres parte de un todo y que en ese conjunto hay unos más débiles. El Papa Francisco nos dice que “cuando se da limosna salimos de la necesidad de vivir y acumular todo para nuestro futuro como si eso nos perteneciera. La limosna nos ayuda a encontrar la alegría del proyecto que Dios tiene en su creación y en nuestro corazón: amarle a Él, a nuestros hermanos y al mundo entero” Así la limosna se convierte en una terapia que nos libera de la tensión del egoísmo y la sobrevivencia para descubrir que la generosidad es el camino que hace posible un mundo nuevo.

            También hay que tener compasión. Las escenas de Jesús en el evangelio acercándose a los enfermos y excluidos nos muestran el rostro compasivo de Dios. Frente al miedo y a la desconfianza que todos tenemos de acercarnos a los demás, la compasión de Jesús nos remite a lo verdaderamente cristiano: la cercanía del corazón. El otro no es un arma bioterrorista, es tu hermano, y entre hermanos se animan. El lenguaje de Dios es la compasión y desea que se convierta también en nuestro modo de expresarnos, dice el Papa “la compasión te hace ver las realidades como son, la compasión son los lentes del corazón. Nuestro Dios es un Dios de compasión, y la compasión, podemos decir, es la debilidad de Dios, pero también su fuerza: lo que más nos da y lo que más nos pide”

            Mientras las mascarillas se hacen cada vez más angostas y usamos más barreras para protegernos, la esperanza es el aire que se debe contagiar a todos los que viven esta situación. Esto no será eterno, después de toda esta oscuridad y agobio surge la esperanza de un Dios que nos salva. “La esperanza es una virtud que no se ve: trabaja desde abajo; nos hace ir y mirar desde abajo hacia arriba”, desde esta situación alzar la mirada y contemplar que Dios no está muerto, que vive y que está a nuestro lado para conducirnos a un mundo mejor, aquí y en el cielo. Estos días han llegado a nosotros noticias de distintos lugares del mundo: nuevas cifras de suicidio. Nos falla la esperanza, vemos solo hacia abajo, con la cabeza gacha, así poco se puede visualizar. Alzar tu mirada y hacer que otros también la levanten se convierte hoy en la mayor obra de misericordia que podemos realizar

            Por último, el servicio. Ahora que se suspenden las misas con fieles el servicio se convierte en la actitud eucarística cotidiana, comulgamos a Cristo en el hermano al que servimos; en la fraternidad y la solidaridad se amasa la hostia viva del amor. Ahora en este tiempo de encierro es cuando más debemos mostrar la grandeza que llevamos dentro, fructificar todas las comuniones que hemos recibido. Hacer de nuestro servicio diario a nuestra familia y vecinos es la mayor liturgia que podemos realizar y el culto que agrada al Señor. Mientras nos preparamos para volver a comulgar sacramentalmente nuestro corazón se debe ir purificando en la escuela del servicio, así el Cuerpo de Cristo conseguirá un alma más idéntica a la suya.

            Si nos esforzamos por vivir estas cinco prácticas cristiana nuestro espíritu se verá fortalecido y así nuestra vida cristiana no se vendrá a pique. Es en estos momentos, cuando todo parece oscurecerse, que la luz de los cristianos debe brillar. El mundo necesita que los que creemos en Cristo les demos razones para vivir.

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