El drama de despedir a las víctimas de los terremotos: nichos a 200 dólares y trabas para los velatorios
“Mi príncipe”. “Mi amada”. “El amor de mi vida”. Una familia caraqueña despidió a tres de los suyos, víctimas de la gran tragedia del los terremotos en el Día de San Juan, con epitafios grabados sobre el yeso del nicho que les acoge para siempre desde la madrugada de ayer. Usaron un palito fino para el último mensaje en un ritual que rebosaba dolor y lágrimas.
Por Daniel Lozano / elmundo.es
La cifra de fallecidos por el doble terremoto del pasado 24 de junio en Venezuela es por el momento de 3.342, mientras que la de heridos se elevó a 16.740. En cuanto a los españoles, son 35 los muertos, 11 localizados bajo los escombros y 139 desaparecidos, ha informado este lunes el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, durante una entrevista en LA Hora de la 1.
Pese a que no es una tradición muy venezolana, familias de La Guaira entierran estos días a sus gentes en los nichos del popular Cementerio General del Sur, el que tantas leyendas esconde. El mismo camposanto que durante años fue víctima de los saqueadores, que profanaban tumbas para buscar oro, placas de bronce o para arrancar cráneos que sirvieran para rituales de brujería, santería y palería. El mismo cementerio que acoge al Malandro Ismael, el santo de los ladrones, y a María Francia, venerada por los estudiantes. Unos y otros acuden a las dos tumbas en busca de favores para sus correrías o para los exámenes.
Es la misma necrópolis que alberga a la élite de la revolución, encabezada por el padre de la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, o el dirigente Aristóbulo Istúriz, además del diputado Robert Serra, convertido en héroe bolivariano tras ser torturado y asesinado por un antiguo escolta y amante para robarle la caja fuerte.
La zona de los entierros de la catástrofe de La Guaira nada tiene que ver con la parte VIP: es una de las más humildes del cementerio, donde ni siquiera se pueden usar los nichos de la parte superior porque carece de maquinaría para elevar e introducir los ataúdes, más allá de una rudimentaria escalera de madera. Su precio, según fuentes consultadas por EL MUNDO, se sitúa alrededor de 200 dólares, pero es que el traslado desde la morgue a pie de mar puede llegar hasta los 400 dólares.
La ley de la oferta y demanda, que no entiende mucho de solidaridad, ha disparado los precios. El relato de una familia merideña a este periódico así lo confirma: querían trasladar a tres de los suyos hasta El Vigía, a 700 kilómetros, en carroza fúnebre, como llaman en el país petrolero a los vehículos funerarios. El precio por cada uno se estipuló en 1.200 dólares, pero la familia sólo disponía de 1.300, con la particularidad de que el Estado se ha lavado las manos en estos asuntos.
Sólo la buena voluntad de uno de los conductores, pese a la oposición del resto, permitió finalmente el traslado de los tres fallecidos por 1.300 dólares.
“Hemos luchado muy duro durante 11 días para recuperar a mi hijo. Con las manos, con picos, con palas. Alquilamos una grúa para que nos ayudara a levantar las paredes. Por allí pasaron rescatistas salvadoreños, mexicanos, checos, pero dijeron que no podían hacer nada”, explica José Rosal, padre del ex baloncestista Eduardo Rosal.
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