¡Vai pues, seguí creyendo!, por Ana Cristina Chávez

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Somos un pueblo creyente, nos aferramos a la religiosidad y a la espiritualidad para seguir adelante, la fe nos sostiene y la esperanza nos alimenta a pesar de los altibajos de la vida. Hoy 18 de noviembre, el Zulia celebra el día de su santa patrona, la Virgen de Chiquinquirá, La Chinita, como muchos le dicen. En plena pandemia, los habitantes de la región festejaron con desfiles, amaneceres gaiteros, juegos de béisbol y actividades litúrgicas, eventos que concentran arraigo católico y ese gusto por el bochinche que nos corre por las venas, sobre todo luego del encierro obligatorio del año pasado.

Pero creer no significa ser practicante. Confesarse, comulgar, ir a misa y no pecar, no se les da a todos, aunque tengan instaurado en su hablar el «vaya con Dios», «gracias a Dios», «si Dios quiere», «Dios mío», «por vida de Dios» y «Dios te bendiga». Santos, santas, beatos, beatas, vírgenes, ángeles y arcángeles existen para quienes los necesiten, lo importante es no imponerle a otras personas en quién o en qué deben creer. Invadir espacios y redes sociales para criticar al prójimo por su «poca fe» al declararse ateo, es signo de intolerancia. La espiritualidad puede manifestarse de distintas maneras y cada uno es libre de seguir la ruta que más le convenga.  

Luis Britto García, en su libro «El verdadero venezolano. Mapa de la identidad nacional» (2016), afirma que «los venezolanos creemos en una compleja amalgama de mitos aborígenes, africanos y europeos en apretado sincretismo. El centenar de etnias que antes de la Conquista poblaba lo que ahora es Venezuela profesaba muy diversas religiones, cada una con su mito creacional y su panteón de divinidades propias. Todas eran politeístas, animistas, tendientes a explicar fenómenos naturales como los cambios del clima o la enfermedad mediante causas sobrenaturales.

A partir de la Conquista, el aparato ideológico de la Iglesia Católica inició una catequesis forzosa que desterró formalmente las creencias de los indígenas reducidos, las cuales persistieron mimetizadas bajo personajes o ritos de la religión oficial. Igualmente, la Iglesia prohibió las religiones de los africanos, y estas debieron persistir con el disfraz de prácticas cristianas o sincretizadas. Esta fusión no se dio por libre escogencia de los dominados. La creencia dominante fue impuesta por la sangre, el fuego o el monopolio de la doctrina de los vencedores. La incorporación a ella de rasgos autóctonos fue una manifestación de supervivencia o resistencia cultural», explica el autor.

Britto García asegura que este sincretismo nos ha hecho tolerantes desde el punto de vista religioso, respetando la libertad de culto, pero también nos han brindado esa mezcla de rumba y oración que tanto nos caracteriza, pues aclara: «Nuestra religión es terrenal, social y festiva;  somos creyentes pero poco practicantes. El venezolano cumple con los sacramentos en la medida que acompañan festejos sociales y participa en las fiestas patronales, pero la asistencia regular a los templos católicos, es practicada solo por un 30% de los venezolanos, y la cumplen sobre todo mujeres y adultos mayores».  

De este modo, la fe en nuestro país se monta en tarimas y baila al son de la música en vivo, para que la mea culpa amanezca al día siguiente bañada en el aguardiente de la pila bautismal. ¡Saluud, y que Dios nos agarre confesados!