Sin reencuentro ni justicia: Cinco madres fallecidas desde noviembre sin ver a sus hijos en libertad
Con la muerte de la señora Carmen Teresa Navas, ya suman cinco las madres que han fallecido desde noviembre del año pasado con el anhelo truncado de ver a sus hijos en libertad, dejando en evidencia el impacto humano y familiar. El retraso y la opacidad en los procesos de excarcelación de presos políticos en Venezuela tuvieron un impacto devastador e irreparable en la salud física y emocional de sus madres, llegando en varios casos a causarles la muerte poco antes o apenas días después de la liberación de sus hijos.
Fallecimientos antes del reencuentro
El retraso administrativo y judicial impidió que varias madres pudieran abrazar a sus hijos en libertad. Se reporta que al menos cinco madres murieron en un periodo de seis meses (entre noviembre de 2025 y mayo de 2026) sin ver a sus hijos libres.
Yenny Barrios: Paciente oncológica que murió el 5 de noviembre de 2025. Su hijo, Diego Sierralta, recibió la boleta de excarcelación apenas siete días después de su fallecimiento, por lo que no pudo asistir ni siquiera al funeral.
Yarelis Salas: Falleció de un infarto el 21 de enero de 2026 tras participar en una vigilia frente a la cárcel de Tocorón exigiendo la libertad de su hijo, Kevin Orozco. Orozco fue excarcelado cuatro días después de la muerte de su madre.
Muertes poco después de la liberación
En otros casos, el desgaste físico y emocional acumulado durante años de espera hizo que las madres no pudieran disfrutar de la libertad de sus hijos.
Carmen Dávila: De 90 años, murió el 22 de enero de 2026. Aunque su hijo, el Dr. Jorge Yéspica, fue liberado dos días antes, ella ya se encontraba inconsciente y bajo asistencia respiratoria, por lo que murió sin saber que él era libre.
Omaira Navas: Madre del periodista Ramón Centeno, falleció el 27 de enero de 2026 a causa de un accidente cerebrovascular (ACV), solo 13 días después de que su hijo fuera excarcelado tras casi cuatro años de detención.
Deterioro de la salud por la “Doble Condena”
Estas mujeres vivieron una “condena doble”: no solo lidiaron con la ausencia de sus hijos, sino con la carga económica de proveerles alimentos y agua en prisión, y la angustia de la desaparición forzada temporal, una práctica común que les impedía saber el paradero de sus familiares por días o meses. Este estrés crónico derivó en:
Crisis hipertensivas, infartos y eventos cardiovasculares provocados por la angustia y el cansancio de las vigilias.
Trauma psicosocial e “indefensión aprendida”, un estado de desesperanza al sentir que no podían vencer la arbitrariedad del Estado.

Crueldad y falta de humanidad institucional
Las organizaciones de derechos humanos denuncian que la lentitud y falta de cronogramas públicos en las excarcelaciones reflejan una “crueldad pura”.
El caso de Carmen Teresa Navas es emblemático: buscó incansablemente a su hijo Víctor Quero durante 16 meses, para que luego el Estado le informara que él había muerto bajo su custodia diez meses atrás sin habérselo notificado oportunamente.
Decenas de ONG, partidos políticos y activistas cuestionaron que el Estado informara sobre la muerte del preso político diez meses después y la Fiscalía, presidida por el abogado vinculado al chavismo Larry Davoe, anunció una investigación penal, que ha sido respaldada por el Parlamento.
Sin embargo, ONG han señalado que la investigación debe ser independiente y con ayuda internacional.
Para estas familias la libertad llegó “fragmentada y tarde”, impidiendo la reparación del daño causado por años de persecución y privación ilegítima de libertad

¿Qué consecuencias psicológicas sufrieron las víctimas según el informe de la organización Justicia, Encuentro y Perdón?
El informe de la organización Justicia, Encuentro y Perdón (JEP) documenta un impacto psicoemocional profundo y sistemático tanto en las víctimas directas como en sus familiares (víctimas indirectas), caracterizado por niveles alarmantes de ansiedad, depresión y trastornos del sueño.
Ansiedad y Estados de Hipervigilancia
El 83 % de los evaluados presentó síntomas de ansiedad. Esta se manifiesta como un estado emocional de amenaza constante y riesgo percibido, lo que genera:
Hiperalerta y vigilancia continua: Incapacidad de relajarse y una sensación de estar “en expectativa”.
Irritabilidad y tensión: Sentimientos de nerviosismo y excitación psicofísica.
Sensaciones de vacío: Al intentar dormir, muchos reportan la sensación de “caer en un pozo profundo” sin control sobre su vida.
Depresión y Sufrimiento Existencial
El 74 % de los participantes mostró síntomas depresivos. Según el informe, este cuadro no es solo tristeza, sino un “sufrimiento existencial profundo” que incluye:
Desesperanza aprendida: Un sentimiento de impotencia ante la imposibilidad de vencer al Estado, lo que lleva a la inacción.
Pérdida de interés y energía: Desinterés generalizado por la vida y pérdida de la confianza en sí mismos.
Añoranza y nostalgia: Especialmente en familias de asesinados o en el exilio, donde la depresión suele aumentar mientras la ansiedad disminuye con el tiempo.
Trastornos del Sueño
Este fue el síntoma más común entre todos los grupos estudiados.
100 % de los jóvenes excarcelados sufren de incapacidad para dormir adecuadamente.
Aproximadamente el 68 % de los familiares (tanto de asesinados como de presos) padecen despertares nocturnos o dificultad para conciliar el sueño debido a pensamientos negativos.
Daño Antropológico y Traumático
El informe introduce conceptos de daños que van más allá de lo individual.
Daño antropológico: La internalización de que el agresor (el Estado) es invencible, lo que genera una sensación permanente de impotencia e indefensión.
Trauma psicosocial (TPS): Relaciones sociales deshumanizadoras que se instalan en la cultura y la memoria colectiva, persistiendo incluso después de que cesa la represión abierta.
Daños transgeneracionales: Los traumas se incrustan en el cuerpo y se transmiten a los descendientes, manifestándose en miedos heredados, desconfianza y dificultades para establecer vínculos afectivos.
El informe advierte que la impunidad y la denegación de justicia actúan como factores que cronifican el daño, impidiendo que las víctimas cierren sus procesos de duelo y manteniéndolas en un estado de trauma vicario y estrés prolongado.
La patilla