¿Pecado social? IV

REFLEXIONES DEL PASTOR

En continuación con el tema que hemos tratado en estas
últimas semanas, quisiera en esta reflexión ver otro pecado social que
lamentablemente está afectando mucho a nuestra sociedad.

Para que cualquiera sociedad pueda vivir en convivencia,
necesita de un conjunto de normas que regulen los comportamientos y las
relaciones de los individuos y de los grupos. De ahí la necesidad del derecho
que, como ciencia, se encarga de fundar un orden válido y velar porque éste sea
eficaz y efectivo, es decir, que proteja los derechos y sancione a quienes
quebranten el contenido de las normas y leyes.

Pero, de nuevo encontramos que la obra del demonio se trata
de imponer a través del pecado: el derecho da paso a la injusticia y muestra
claramente su incapacidad para velar y dispensar la justicia. Peor todavía,
muchas veces la injusticia se institucionaliza y trae como consecuencia la
violencia (Cf. Puebla, 509) apoderándose de las instituciones y poniéndolas en
contra del mismo hombre.

El derecho en algunas sociedades se ha tornado en un arma
utilizada por las clases dominantes a fin de garantizar sus propios privilegios
e intereses. A partir de ellos estas personas van haciendo las pertinentes
acomodaciones para alcanzar lo que buscan. Así se constituye el derecho en un
factor que subyuga y domina a los más excluidos y desposeídos. Esto lo
constatamos en la patente antinomia entre las leyes y la realidad.

En algunos países se ve con preocupación que la justicia
civil se está desplazando hacia el campo militar. De esta manera las fuerzas
armadas invaden un terreno que no es de su competencia y deja en el ambiente
muchas dudas. En muchos de estos juicios ellos son parte y jueces al mismo
tiempo. Y así esto propicia mayor injusticia y torturas.

La deshonestidad se ha propagado como hierba mala por todos
los sectores tanto de la administración pública como de la privada. Y en ese
sentido encontramos en ese ambiente burlas a las leyes más elementales, evasión
de impuestos, contrabando, mentiras etc. En una palabra, el derecho se convierte
en un juego donde gana el más fuerte o el más hábil. La trampa, el engaño, el
chantaje o el soborno forman parte de sus reglas.

Ante este panorama, la violencia es un fenómeno explicable.
Toda violencia es mala y todos debemos comprometernos en erradicar todas las
causas que le generan. Debemos tener los ojos bien abiertos y estar atentos
para descubrirla donde se nos quiere negar u ocultar y estar alertas ante la
trampa que nos ponen comportándonos como los fariseos, rasgándonos las
vestiduras ante la violencia criminal, pero cometiendo el más detestable de los
pecados: propiciar y esconder a la misma violencia.

Cuando el ser humano organiza la sociedad a su manera y le
da espalda al proyecto del Dios Creador, todas las actividades sociales se
transforman de su sentido positivo y se convierten en fuerzas contrarias que
destruyen al hombre social y lo aprisionan en un círculo de muerte y pecado
social. Cuando le damos la espalda a Dios nace el pecado social. Podemos decir
que el pecado social es la suma de pecados individuales que trascienden al
mismo individuo ya que esos pecados individuales se cristalizan en estructuras
que tientan e incitan al hombre a pecar.

En estas cuatro reflexiones he querido llamar la atención en
algo que, la mayoría de las veces desconocemos, pero, que no nos excusan como
personas de fe.  

Todos conocemos la parábola de los talentos y recordamos que
uno de los empleados a quienes el jefe le dejo parte de sus bienes, simplemente
hizo un hoyo en la tierra y enterró el dinero de su señor. Este empleado fue
condenado no porque haya cometido alguna maldad sino porque “se ha limitado a
conservar estérilmente lo recibido sin hacerlo fructificar.” (PAGOLA, José
Antonio. – El camino abierto por Jesús. – Tomo 1.- pág. 278)

El cristiano que se conforma con sólo vivir su fe de manera
ritual y sin ningún compromiso con la transformación de la realidad social, que
“piensa equivocadamente estar respondiendo fielmente a Dios con su postura
conservadora, a salvo de todo riesgo” (Ibíd., 280) y no se compromete a poner
su granito de arena para instaurar una sociedad más justa y más humana conforme
al Plan de Dios, está cometiendo un pecado social. “La verdadera fidelidad a
Dios no se vive desde la pasividad y la inercia, sino desde la vitalidad y el riesgo
de quien trata de escuchar hoy sus llamadas.” (Ibíd., 280)

Mariano José Parra Sandoval