Nueva lepra, nuevos cristianos.
Hacia un posible acompañamiento a los contagiados.
La
pandemia sigue creciendo en nuestro territorio y cada vez nos desconcierta más.
Lo que anteriormente llegaba a nosotros en forma de cifras o noticias lejanas,
ahora nos llegan como caras conocidas, con nombre y apellido, con historias de
vidas y momentos compartidos. El avance de la pandemia solo nos deja algo
cierto: no sabemos qué hacer. Pensábamos en el covid como algo que iba a enfermar
a otros, nunca pensábamos que los enfermos serían amigos nuestros o lo que es
peor, nosotros mismos.
Ante
cada nuevo caso surgen varias reacciones: miedo, angustia, sospecha e incluso
rechazo. A los contagiados de hoy les tratamos igual que a los leprosos de la
época de Jesús, tras la norma del aislamiento no hay más que un fuerte deseo de
rechazo, apartar al enfermo para que no contagie a nadie más, que no esté en el
vecindario nadie enfermo ni con síntomas, aquí no lo queremos. Al que conocimos
desde niño, al que nos unían tantas emociones, ahora le sentimos repulsión y
temor. El miedo al contagio saca lo peor que hay en cada quien y nos hace
indolentes, intolerantes, poco cristianos.
Pero
más fuerte es la situación para con los familiares de algún fallecido por la
pandemia. Al dolor de haber perdido un familiar en una situación tan precaria,
en la que no se les permite ningún acto fúnebre, sino que se les lleva a
enterrar de manera súbita, se le suma la sospecha personal de contagio, la
presión de sus vecinos y como si fuera poco la falta de ayuda de todo tipo. Los
familiares se sienten tristes y solos, a su alrededor pareciera solo haber
espaldas que se cuidan de no ser contagiados, de vez en cuando se abren unos
labios que muchas veces solo dicen frases inapropiadas o que solo buscan
información para regar. No faltan, ciertamente, palabras sabias y fraternas que
con sincero afecto animan a estas personas.
Ante
este cuadro tan dramático qué debemos hacer los cristianos. No podemos caer en
una fe fiducial, pensar que porque creemos en Dios no nos vamos a enfermar. La
fe no supone protecciones a modo mágico contra las situaciones del mundo, antes
bien es la certeza de que aún en la enfermedad Dios no nos abandona. Debemos
ver a nuestro Maestro, quién tenía más fe en Dios que Jesús, y sin embargo
sufrió en la cruz y aprendió sufriendo a obedecer y amar. Sólo desde una fe,
purificada de toda superstición y falsas seguridades podremos acompañar a
nuestros hermanos contagiados.
Y
es necesario recordarnos siempre que los enfermos y fallecidos por el covid son
nuestros hermanos, que han sido bautizados en la misma agua, que han comido del
mismo pan y que por lo tanto sus sufrimientos son gemidos de todo el Cuerpo
místico de Cristo. Cada enfermo es un miembro del Cuerpo y por lo tanto todo el
Cuerpo debe hacer lo posible por irradiar a ese miembro enfermo la vitalidad de
la fe, la fuerza de la fraternidad y el bálsamo de nuestra oración. Nunca caigamos
en juicios de lo que desconocemos, nunca debemos ser portadores de
desesperanzas, tristezas o mentiras. El evangelio es el camino a seguir.
Aquel
samaritano del evangelio nos muestra algunas acciones que debemos imitar. Ante
todo, hay que estar atentos a lo que pasa a nuestro alrededor, no como quien
está pendiente de la vida ajena, sino como aquel que está disponible para
corregir a los inconsciente y apoyar a los necesitados. En segundo lugar, hay
que bajarse de la cabalgadura: las falsas seguridades, los temores, los afanes,
los rechazos, todo ello nos va elevando cada vez más y nos hacen atropellar a
los que están en el camino. Se nos dice que hay que tratar a todos como si
fuesen contagiados, ciertamente debe ser así para evitar el contagio masivo,
pero veámoslo con ojos cristianos: tratar a todos como hermanos contagiados.
En
tercer lugar, hay que aliviar al enfermo, vendarle con nuestro afecto, ponerles
el aceite de nuestra oración y el vino de nuestra alegría. El samaritano dio a
aquel hombre lo que tenía reservado para su camino, le dio su aceite y su vino,
así nosotros debemos buscar la manera de mostrarnos y darnos al contagiado. En
este momento cada comunidad parroquial debe sentarse a pensar qué vamos hacer
con nuestros contagiados, cómo les vamos a mostrar nuestra fraternidad sin que
ello suponga una contribución a la proliferación de la pandemia, qué
manifestaciones de rechazo surgen entre nosotros y qué valores debemos reforzar
para relucir nuestra humanidad y nuestra fe en Cristo.
Jesús,
el Maestro, no rechazó a los contagiados de su época, los amó, los liberó, les
mostró la cercanía de Dios. Los que seguimos a Cristo debemos imitarle; es
fuerte, pero es urgente. Al final Él nos dice: “brille su luz en medio del
mundo” y en otro lugar: “Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo”
P.
Jesús Camacho SCJ