Miel y salmuera: La huella que dejamos: La Pachamama y el cambio climático

La presencia
del ser humano deja recuerdos, no solo en los otros con los que convive, sino también
en el suelo que pisa, en la tierra en la que habita y en el espacio en el que
ejerce influencia en una relación dialéctica. Así, la impronta humana en el ambiente
se denomina huella ecológica, un término acuñado a mediados de la década de los
noventa y que representa el rastro dejado por la acción humana en un territorio
específico, en donde se contabiliza el espacio requerido para producir los bienes
y recursos que se consumen y la superficie necesaria para absorber los desechos
generados. Lo que en palabras sencillas, puede explicarse como la relación
entre el consumo de los recursos naturales del planeta y la contaminación,
producto de su explotación y uso por parte de los individuos.

  Antonio Machado, poeta español, nos dice “Caminante
no hay camino, se hace camino al andar”, pero ¿qué ocurre cuando ese andar humano
está signado por la destrucción y la muerte, cual Atila? ¿Y si en vez de un
recorrido de pequeños colectivos comunitarios, son grandes zancadas dadas por empresas
trasnacionales regidas por la lógica capitalista?, ¿qué representa entonces esa
huella ecológica?

   En una sociedad donde se privilegia el
consumo, y la producción se caracteriza por la obsolescencia programada, generando
bienes con fecha de pronta caducidad,  la
protección del ambiente queda relegada a un segundo plano. A eso se suma, la
necesidad de ir a la par de la innovación tecnológica y de aparentar un estatus
o nivel de vida determinado, en donde el resguardo de la naturaleza se
convierte en moda o en otro negocio más.

  Por tanto, la acción humana y el sistema social en el que nos desenvolvemos ha acarreado una crisis climática de graves consecuencias para los seres vivos en general, porque sí, es necesario terminar con la visión antropocéntrica, esa que entiende al ser humano como eje del mundo, aprendida de memoria en las aulas  escolares, en donde “ambiente es todo lo que nos rodea”. Una premisa alejada de la realidad y que nos exime de toda responsabilidad con la naturaleza, al percibirla ajena a nosotros y no como un ecosistema integrado del que formamos parte.

  Pero, ¿a qué me refiero cuando hablo de crisis
climática?, ¿acaso está vinculada con el tan mencionado cambio climático? Efectivamente,
representan una cadena de sucesos, en donde interviene la mano humana, el pie,
la huella y todo su afán destructor de acumulación capitalista.

   Al respecto, el Panel Intergubernamental
sobre Cambio Climático, auspiciado por la Organización de las Naciones Unidas, explica
en diversos informes científicos que en el último siglo, el clima de la tierra ha
experimentado considerables transformaciones, al incrementarse en pocas décadas
los efectos de los gases invernadero, la temperatura de las superficies
terrestres y marítimas, el deshielo de los glaciares y por ende, la elevación
de los niveles del mar, así como el aumento de la cantidad de lluvia en lugares
húmedos y de sequía en otros, provocando un desequilibrio en el orden de la
naturaleza, en el que víctima y victimario se mimetizan en la especie humana.  

     La
industrialización, la explotación desmedida de los recursos naturales y sus
consecuencias en el ambiente, han sido tema de discusión en cumbres
internacionales. Memorable fue la intervención realizada por el presidente
Chávez en el año 2009 en Copenhague, donde, atento al clamor popular de los movimientos
sociales y colectivos ecologistas del mundo, pronunció la frase “No cambiemos
el clima, cambiemos el sistema”. Un mensaje esclarecedor y contundente que apuntaba
a la causa real de la crisis climática. Pero como el capitalismo y sus siniestras
fauces todo se lo traga –o eso pretende- en los últimos años la llamada moda
verde se ha vuelto tendencia.

    Desde hace un tiempo, las grandes empresas
alardean de “su responsabilidad social” y de ser respetuosas con el ambiente, mientras
deforestan la Amazonía y con sus derrames petroleros arrasan con todo lo que respire.
Una careta bien puesta, en la que detrás no solo hay dinero de grandes
financistas y consorcios trasnacionales, sino intereses geopolíticos, de esos
que abundan en el Club de Bilderberg y recurren a expertos que preparan guiones
bien elaborados, dignos de Hollywood, con estrellas jóvenes que se muestran
ante el mundo como heroínas de la lucha ecologista, tal cual ocurre con la
adolescente sueca Greta Thunberg.  

   Definitivamente, la pelea es de David contra
Goliat, de los pueblos pobres del mundo contra los poderosos y ricos, donde las
brechas sociales se convierten en profundos abismos que exhiben las marcadas
diferencias de clases y los obstáculos a los que cotidianamente se enfrentan las
minorías. Pero nuestra tarea desde las instituciones universitarias y los
colectivos sociales, es seguir alzando la voz, para que mediante una labor
político-educativa, hagamos visibles las injusticias e inequidades que
contribuyen no solo a la destrucción ambiental y a la crisis climática, sino
también a la pérdida de valores y al sentido de vivir en comunidad. La batalla
es hombro a hombro, en las pequeñas cosas, porque al igual que Galeano, creo
que “mucha gente pequeña en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas pueden
cambiar el mundo”. Recuerden que al final, David venció al gigante. 

Ana Cristina Chávez / [email protected]