Miel y Salmuera … CUENTOS ANTÍPODAS

Por: Ana Cristina Chávez Arrieta

Con cierta frecuencia y como parte de un ejercicio de escritura, selecciono imágenes y trato de redactar una historia a partir de lo que me transmiten, también busco pensar títulos para esa fotografía o ilustración, además de palabras claves que guarden relación con lo que veo. De este modo, una imagen se convierte en la detonadora, la que lanza el disparo para que estallen las ideas. A continuación comparto dos textos completamente antagónicos que nacieron a partir de esta práctica:

Petición

   Escríbeme un cuento. Anda, que se parezca a una mariposa, que tenga alas chiquitas para poder volar, que le dé hambre de chocolate y galletas, porque el azúcar da fuerzas y te hace reír. Ajá, pero dile al cuento que a veces me da miedo la oscuridad y me escondo debajo de la cobija para confundir al monstruo. Porfis, y que a ese cuento no le guste bañarse si hay mucho frío y se eche agua tibiecita como lo hace mi abuela. Mira, pero al cuento le tiene que gustar el colegio y jugar con sus amigos, que le guste saltar y dar vueltas como a mi gata Valentina, que se llama así porque es valiente y no tiene miedo de caminar por los techos ni le huye al perro del vecino. Ese cuento tiene que tener un final feliz y una casa que sepa cantar, en donde no haya paredes sino una montaña y un campo de flores y un árbol con un columpio que llegue al sol. Mejor no, porque es peligroso. Entonces que el columpio llegue al arcoiris y suba como un tobogán hasta esa nube bonita donde vive mi mamá. Y cuando esté arriba, que ella me lea el cuento que me vas a escribir. No te preocupes, yo hago el dibujo, ya sé que no sabes pintar.

Rituales

   Estaba hecho de pequeños rituales: besar a su mujer al despertar, preparar el café de las mañanas, pasear al perro, revisar el correo a las 8 a.m como señal de inicio de la jornada laboral, tomar un trago antes del almuerzo.

   Una rutina que ameritó años de trabajo y constancia, que sin duda representaba una oda al aburrimiento. Pero ese día prefirió hacer algo distinto, variar un poco, sentirse atrevido a sus casi 70 años. Pronto sería su cumplevida y nunca había experimentado nada extraordinario.

    La noche antes planeó todo meticulosamente, con la misma parsimonia y cuidado de los detalles con los que solía planchar su traje y anudar su corbata. Sus blancas y delgadas manos anunciaron desde siempre dotes de prestidigitador. Como en una función de magia realizaba tres giros perfectos y de su cuello emergía una lengua de tela pulcra y ordenada, asombrosamente inamovible.

   Esa mañana, al sonar el despertador a las 5:30 am, se dispuso a ejecutar su plan: beber un trago en las rocas, besar al perro, pasear a su mujer alrededor de la cuadra y recoger sus excrementos, preparar un correo bien cargado y con poca azúcar, enviarle una taza de café a su jefe con una nota de renuncia, no planchar el traje acostumbrado y ajustar la corbata de un modo diferente. Una vuelta, luego la segunda, un tercer giro, apretar un poco, girar de nuevo con más presión, quinta vuelta, otra más, aún no es suficiente, detenerse en la séptima que vale por diez, hasta ver su lengua no tan pulcra saltar de su boca y moverse como serpiente en lo que sería el último y mejor día de su vida.