Más allá de extrañar, por Ana Cristina Chávez

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Desde hace tiempo extrañar se ha vuelto algo común para mí. No solo es nostalgia por quienes no están, sino también por vivencias y situaciones, así como imaginar qué harían o cómo reaccionarían esas personas en la actualidad, qué dirían y por supuesto, qué escribirían si estuvieran hoy con nosotros. Hace 13 años perdí a mi padre una madrugada, hecho que nos tomó por sorpresa y que parecía otra de sus bromas. Su corazón no resistió tanto amor. Siete días antes había bautizado un libro, muchos lo acompañamos y nos recordó que el «famoso era él» cuando mi hermana y yo tardamos varios minutos en acicalarnos antes de salir de casa. Efectivamente, mi padre era famoso y lo continúa siendo. Como anticipando su temprana partida, nos advirtió que cuando llevaran su cuerpo al Panteón Nacional le cantarían el Himno de la Federación. Todo un prócer literario y del humor fino era mi papá, ¿cómo no extrañarlo por eso y por más?

¿Pero qué echamos de menos?, ¿qué añoramos? La respuesta es sencilla: los buenos momentos y las sensaciones positivas, porque no todo tiempo pasado fue mejor, sino que olvidamos lo malo y conservamos en la memoria aquello que nos brindó felicidad.

Galeano afirma que recordar es volver a pasar por el corazón, y en pandemia hemos tenido tiempo suficiente para activar los recuerdos. Adaptarnos a esta nueva realidad resultó complicado para muchos. El encierro, la pérdida de seres queridos, las medidas de distanciamiento, la situación económica del país, nos obligaron a pensar acerca de lo que hemos dejado atrás pero también en lo que vendrá.

A pesar del virus el mundo sigue girando y la gente continúa viviendo e incorporándose a la cotidianidad. Aun cumpliendo con la vacunación, las normas de bioseguridad y regirnos por el instinto común, la amenaza y el miedo persisten. ¿Pero cómo generar nuevos recuerdos y experiencias en solitario?, ¿no es acaso la convivencia con otros lo que nos hace más humanos?

Si me preguntan, la virtualidad y el teletrabajo son efectivos, pero te quitan lo más importante: el contacto físico, el sentir al otro, mismo contacto que ahora debemos evitar en pro de nuestra salud. Así que para una docente universitaria acostumbrada a las aulas de clase y a compartir en espacios públicos con grupos de personas, el regreso a las actividades académicas presenciales puede ser algo anhelado, sin embargo, la realidad es que quienes pertenecemos al sector educativo enfrentamos graves limitaciones económicas y de movilización, situación ampliamente conocida por el gobierno nacional pero ignorado a la vez, mientras los dirigentes habitan en su burbuja.

En todas las consultas y encuestas en las que he participado para saber si están dadas las condiciones para el regreso a las clases presenciales, mi respuesta ha sido negativa y la seguirá siendo, mientras exista la pandemia y no mejore la situación socioeconómica de muchos, aunque extrañe volver a la normalidad del trabajo y de la vida.