Los vagones de Cumarebo, por Ernesto Faengo Pérez
En las décadas de los años sesenta hasta aproximadamente los ochenta del siglo pasado, hubo en Puerto Cumarebo una calle que se convirtió en el comentario prohibido, empalmada desde el sur con la carretera Morón Coro terminando al norte con la calle la Paz, famosa en sentidos opuestos, amada y odiada al mismo tiempo, apreciada por muchos hombres cumareberos y de las poblaciones circunvecinas, odiada a la vez por muchas familias que consideraban una vergüenza que alguna de sus integrantes, fundamentalmente mujeres, se atrevieran a mencionarla, mucho menos cruzarla o caminar por ella.
Las razones que animaban ese descredito eran de orden moral, esa calle, no toda, al final en su última cuadra, tenía una serie de viviendas pequeñas en línea que semejaban unos vagones de trenes y entre ellos funcionaba un bar con una estructura interior de una gallera y un amplio patio para el tradicional juego de bolo muy popular y famoso de la época, pero esto no era lo censurable, lo que lo sociedad cumarebera conservadora y de abolengo respetuoso no aceptaba era que en esas pequeñas casas convivían una serie de mujeres jóvenes, muy bonitas, presentables y perfumadas lo que constituía una atracción irresistible para los hombres de la época, las chicas a partir de las seis de la tarde se emperifollaban y sentaban al frente de sus casas y los hombres desde la acera del bar las cortejaban sin mucha dificultad, porque en el fondo esa bellas damas ejercían el trabajo más antiguo del mundo, cosa repudiada por la familia respetuosa que se sentía ofendida porque en pleno centro de Cumarebo en esa calle innombrable muchos maridos perdieron su pudor y llegaron a mudarse por días y semanas en aquellas modestas casas al lado de aquel pequeño bar atraídos y conquistados por el amoroso cobijar de aquellas galanteadas mujeres..
La calle recuperó su dignidad y prestancia y quedó para el olvido la despreciable significación, para la historia, anécdotas, hechos curiosos y hasta alarmantes peleas en plena calle de honorables caballeros disputándose las querencias y caricias de aquellas damas. Citas y resguardo policial por matrimonios a punto de fracturarse con maridos desvariados, nombres y apodos de aquellas conflictivas “trabajadoras del amor” algunos recuerdan con cariño y nostalgia, los más comunes, la parapara, la brocha, la papito de oro, dulce, cristal, la coneja, referencia obligada al caminar por la ultima cuadra de la calle Concepción de Puerto Cumarebo popularmente denominada en aquella época y aun hoy por muchos citadinos, “los vagones”.
Dr. Ernesto Faengo Pérez