Los lentes
Dicen por ahí que todo depende del cristal
con que se mire, pero mis lentes ameritan un cambio desde hace años, así que observo
mi realidad-mundo de una manera particular. Para ver de lejos no hay problema,
aún leo los grandes anuncios, el inconveniente son las letras pequeñas, ¿será
por eso que me engañan con los contratos?, aunque siempre acostumbro a echar un
vistazo general a los documentos antes de firmarlos.
En fin, comprendemos e interpretamos el mundo
desde nuestro marco conceptual, nuestros valores, creencias, ideas y
prejuicios. Los lentes se pueden empañar y rayar, a veces lo notamos, otras,
convivimos con el obstáculo y ni cuenta nos damos.
Nuestra mente es compleja, es una fuente
creadora y recreadora de imágenes, vivencias, experiencias y recuerdos; toda
una tormenta hospedada en la cabeza. La información del mundo exterior la
captamos a través de los sentidos, y esa data se procesa en una relampagueante fiesta
de conexiones neuronales que se convierte en emociones. Y así andamos por la
vida, viviéndola, interpretándola, entendiéndola desde quienes somos, o nos
enseñaron a ser, desde nuestros conocimientos y lentes propios.
Existen tantas realidades como personas en
el mundo, cada quien crea su verdad particular, por lo que saber mirar la
complejidad de los fenómenos, con todas las aristas posibles, es un arte, pero tampoco
observamos los detalles, las cosas pequeñas y sencillas que nos rodean.
Estamos tan ensimismados en nuestros
pensamientos e intereses, que nos olvidamos del mundo afuera, con todos sus
sonidos, olores y probabilidades de vida. Dejamos de sorprendernos de lo que
ocurre a nuestro alrededor, damos todo por sentado, y no acudimos a los otros
para que nos ayuden a mirar y a tener nuevas perspectivas. Acerca de este tema,
Eduardo Galeano escribió un hermoso relato que hoy quiero compartir con ustedes
para que lo disfrutemos juntos:
“Diego no conocía la mar. El
padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.
Viajaron al sur.
Ella, la mar, estaba más allá
de los altos médanos, esperando.
Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas dunas de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la intensidad de la mar y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.
Y cuando por fin consiguió
hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:
- ¡Ayúdame a mirar!”
Eduardo Galeano. La
función del arte/1, en “El libro de los abrazos”.
Por Ana Cristina Chávez Arrieta [email protected]