La casa, desde las voces de las mujeres

  Miel y Salmuera

   El 21 y 22 de noviembre participé en un seminario
vía whatsapp denominado “Una voz femenina recorre la casa”, a cargo de la
escritora Yurimia Boscán, actividad enmarcada en la Feria Internacional del Libro
de Venezuela 2020 (Filven), con el propósito de aproximarnos a la lectura de algunas
poetas de Venezuela desde el tema de la casa como hilo conductor.

   Al respecto, Boscán afirma: “En el caso de
la poesía femenina venezolana que se ha escrito a partir de la segunda mitad
del siglo XX, las voces son una expresión de lo cotidiano, están inmersas en la
cotidianidad de esas mujeres que se refugian en el imaginario de la casa, entendida
como un constructo social cuya otredad empieza a habitar espacios comunes como
el lavaplatos, los hijos, los estereotipos, las convenciones sociales, los
oficios. Son mujeres que desde la construcción de esos universos múltiples, van
convirtiendo lo periférico en intimidad y van transformando la cotidianidad en
irreverencia, y desde allí entonces vienen estos discursos a irrumpir en nombre
del sarcasmo, del placer, de la ironía, del dolor, de la soledad, de la
nostalgia, del cansancio, de la desilusión, y a veces tocan extremos
contundentes como la locura o la muerte”.

Una mujer está en casa

ama desde la llama

de la cocina humeante

Desde el territorio esquivo

del mejor detergente

y la ropa limpia para el otro

Una mujer está en casa

Casi nadie puede verla

                                                                             Yurimia Boscán. Ama de casa.

   En contraposición a los roles femeninos
impuestos por la sociedad, en la era postmoderna las voces de las mujeres alzan
un grito de rebeldía. La autora del poemario “Ama de casa”,
explica: “definitivamente estamos inmersos en este tiempo donde ha sido mandato
la ruptura con los viejos modelos de la sociedad, la puesta en entredicho de
las categorías, de esos viejos relatos de la humanidad, la búsqueda de nuevas formas
de expresión alejadas de ese pensamiento racional, positivista”.

Él sabe que no me gusta planchar

no domino bien los pliegues en prendas de alta costura

que no aprendí trucos

para armar esos dobleces

que son un monumento

erigido a la exactitud

que no hay paciencia

para la monotonía

de construir a diario la forma ideal

y a la medida de su cuello

no sé graduar la temperatura

para cada fibra

ni curar la seda entre cálidos pañuelos

que irá por el mundo sin una mujer detrás

y el mundo lo convertirá en mártir

casi un pobre hombre

sin mujer

aunque comparta el techo con una.

                                              María Alejandra Rendón.

   De tal manera, las miradas del hombre y la
mujer hacia el mismo objeto del deseo en el que se convierte la casa, guardan
elementos en común pero están signados mayormente por aspectos en los que
divergen. Boscán asegura que “en el caso del discurso masculino, la casa es un
lugar que se evoca, que se añora, donde se recrea la infancia que se pierde, es
el lugar de la nostalgia, el lugar de la familia. Entonces, el discurso de lo masculino
se detiene allí, en la casa como ese lugar al que se accede a través de la memoria
y a través del recuerdo. Mientras que la mirada femenina percibe una realidad
que va a decodificar eso que no se dice, que está entre líneas, va también a
apuntar al detalle, a aquello casi imperceptible, casi invisible, lo que nadie
ve. Se detiene en esa posibilidad que existe de transfigurarse en otro, en enmascararse,
pero también la mirada se va a posar en la reconstrucción de ese álbum familiar,
de esa intrahistoria que se va a evocar, que se va a exorcizar, que se va  a poner a flote”.

Conozco el tiempo de cocción de las legumbres

las verrugas de las ratas

la importancia de ser la hembra

lo tácito de la procreación

me detengo

en el genital y en el aliento

cada día

y recibo de ellos una vida

y una muerte

renovables

y voy desarrollando

un acercamiento

de maxilar de culebra

y voy desarrollando

un sabor psicópata

en la lengua

mientras juego con la basura

y los excrementos

de mi hija

a ella le enseño

la propiedad afectiva de los dementes

y los mamíferos diarios

muertos en la cocina.

                                                    María Auxiliadora Mavárez.

                                                         Poema del libro “Cuerpo ca(z)a”

   Así, los participantes del seminario en
línea tuvimos la oportunidad de leer textos de Eugenio Montejo, Ramón
Palomares, Alberto Hernández, María Elena Carmona, Ana Enriqueta Terán, María
Alejandra Rendón, Eunice Escalona, Araceli García, María Auxiliadora Álvarez,
Yurimia Boscán, Luz Machado, Deisa Tremarías, Sonia Chocrón, Carmen Isabel
Maracara, Hanni Ossott, Érika Reginato, Mercedes Bermúdez de Belloso, Linda
López, Rosalina García, Coromoto Renaud, Carmen Cristina Wolf, Laura Antillano,
Belkys Arredondo, Aquarela del Sol Padilla y Martha Kornblith, con la finalidad
de descubrir cómo la casa era vista y sentida desde distintos enfoques, según
la clasificación dada por la facilitadora: 

  1. Como
    espacio de evocación:
    ese lugar perdido de la infancia,
    la memoria y el recuerdo.
  2. Como
    un reducto de lo femenino:
    que representa un imaginario
    social, el lugar de oficios domésticos y obligaciones, como línea de fuga o como
    aparato represor y castrador.
  3. La
    casa como estructura:
    un espacio para el amor y el desamor, un espacio
    social que se construye o demuele; como intrahistoria en el que pervive el álbum
    familiar, como espacio que se transgrede.
  4. Como
    metáfora en sí misma
    .

   En tiempos de pandemia y cuarentena, la casa
ha sido asumida desde otras perspectivas, pero en el transcurrir de los años,
hemos traído a cuestas prejuicios que nos invaden en torno a la mujer y su
relación con el hogar: “el hombre de la calle y la mujer de la casa”, aún
repiten en las familias y eso nos retumba en la mente. “La casa envejece”, también
nos dicen, asociando la casa, su mantenimiento, cuidado y la permanencia en
ella, como castigo. En consecuencia, cargamos la casa en la espalda “como matrimonio
obligado”, pero la habitación propia debe convertirse en la casa propia como
espacio de liberación y encuentro con nosotras mismas, que permita mostrarnos
al mundo totalmente plenas, sin sentirla una cárcel para el ave de alas
cortadas.

La
cocina no es la cocina

es impronta familiar

caldo de estropajo vertido
en la criada

carbón encendido al fondo
del lavadero

pan de leche, masa de
hojaldre

hervidero de hormigas

abeja reina.

Quien te ama te hace de
comer

diario amanecer al compás
del café

cena festiva

pavo relleno

guiso de ovejo

sobras en la basura

el que escarba no cocina

frito desprecio al borde
del tope de granito.

La cocina no es la cocina,
es trampa arraigada y extinto placer.

Una
señora aferrada a un sartén, mejor señora si horneo un ponqué.

                             Ana Cristina Chávez

Vuelves
a la cueva donde habita el corazón,

niña perdida en larga
travesía.

Tibia cueva, olorosa a pan,

dulce cueva, de aguas
cristalinas.

Vuelves y vuelas, sabes
volar,

trazar el horizonte y
poseerlo.

Cueva madre/ cueva padre,

dualidad perfecta.

Cueva casa, cueva escuela,

cueva patio,

cueva mango,

cueva hermanos.

Cueva en pecho anidada,

cueva que canta.

Cueva Hades, cueva paz.

Vuelves a la cueva,

cruzas el paisaje,

en laberintos pernoctas.

Vuelves a la cueva y tú
floreces,

Vuelves y nadas en su
vientre.

Cueva amorosa, compañera de
viaje.

Dolorosa cueva fértil,
cueva creadora,

cueva niña,

silenciosa.

Cueva morada, habitada de
ideas,

Cueva horno, cueva cielo,

Cueva risa. Amarilla.

                                                                                          Ana Cristina Chávez.