Jacqueline Clarac De Briceño: Premio Nacional De Humanidades, Profesora Emérita – Ula y Doctora Honoris Causa – Unefm

“No tengo
héroes. No tengo ídolos. Admiro a muchos autores, grandes artistas, músicos,
intelectuales, pero no puedo decir que tenga un héroe. Me han gustado mucho los
grandes músicos como Bach
y Mozart.
Cuando era joven me gustaba mucho Chopin.
Cuando a mi hijo (Ricardo Briceño) empezó a gustarle el rock, conocí músicos
que me gustaron muchísimo como Pink Floyd”,
declara Jacqueline en la página web Íconos
de la ULA (Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela).

Jacqueline
Clarac de Briceño enrumba diestramente la entrevista: “En vez de hablar de mí,
prefiero hablar de la mujer de este país a la cual he admirado siempre. La
mujer, en general, en Venezuela la veo mucho más atrevida que el varón. Mucho
más capaz de adaptarse a los cambios en cualquier sociedad. Cuando estaba en
Europa, observé a los venezolanos que iban a allá a estudiar; mientras las
mujeres se adaptaban inmediatamente, los hombres se tardaban mucho y tenían
períodos de depresión. Aquí también, por ejemplo, la mujer campesina es
sumamente fuerte. Tanto que se ha adaptado primero que el hombre a trabajar en
la ciudad. En el ambiente donde yo me muevo, que es un ambiente universitario,
al principio había muchos más hombres que mujeres, pero eso se ha ido
revirtiendo a través del tiempo. Hay muchísimas mujeres que estudian, que son
muy profesionales, científicas…” [Sombría marginalia.
Leo en la última página de la edición correspondiente del 28 abril al 5 de mayo
de 2017 de Quinto Día. Semanario de los Nuevos
Tiempos
: “Un estudio publicado por la televisora alemana DW, dice que será en el año 2187
cuando la mujer tenga igualdad de oportunidades. O sea, 170 años de machismo laboral.” A lo que aún cabe
preguntar cavilosamente: ¿En qué países? ¿En cuáles culturas?

En Íconos
nos pinta una semblanza suya en pocos y precisos trazos: “El trabajo de campo
por encima de los preceptos teóricos, la divulgación de hallazgos en nuestro
idioma, ciencia hecha con creatividad; son algunas de las marcas que Jacqueline
Clarac ha dejado en la Antropología venezolana. Nacida en las Antillas
Francesas el 24 de julio de 1932, la antropóloga es Profesora Titular del
Departamento de Antropología y Sociología de la Escuela de Historia de la
Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad de Los Andes. Desde que
se unió a la casa de estudios en 1971, fomentó la creación de grupos de
investigación y de extensión como el Museo Arqueológico “Gonzalo Rincón
Gutiérrez”, el Centro de Investigaciones Etnológicas (CIET) y el Grupo de
Investigaciones Antropológicas y Lingüísticas (GRIAL). Jacqueline Clarac es
autora de más de 30 libros, incluyendo textos para niños. Recibió el premio
Libro de Oro 1988 y comparte con otros autores el Premio Internacional UNESCO
1995 al Mejor Libro en Español.”

Desde las Diosas Madres de las noches de los tiempos hasta los
turbulentos días presentes, de incertezas premodernas, modernas y postmodernas –según las coordenadas del intelecto y la geografía–, corresponde a las mujeres ser creadoras y dadoras
de vida, en tanto que encrucijadas de Natura y Cultura. Conocí a la Dra. Jacqueline
Clarac cuando era un joven estudiante de Historia en las aulas de la
Universidad de Los Andes –“Mamá ULA”–, allá en los páramos andinos. Fue mi
profesora de Antropología y me presentó (primero y principal) a Claude Lévi-Strauss
(nuestro maestro para pensar), con ella leí autores allende el horizonte como Bronislaw
Malinowski, Franz Boas y Marcel Mauss; y redescubrí (desde otra perspectiva y,
por consiguiente, con otra valoración) autores del lar nativo como Pedro Manuel
Arcaya, José Ignacio Lares Baralt, Julio César Salas, Lisandro Alvarado, Mario
Briceño-Iragorry y Mariano Picón-Salas.

Recuerdo la primera vez que expuse en una de nuestras clases (porque así
las sentía: nuestras, compartidas), el tema que elegí fue el vampirismo. A
Jacqueline agradó el alarde de lecturas atropelladas e ingenua erudición de
aquella temprana profesión de pasión por la Mitología, que aún me desvela. Desde
aquella primera vez, quedé hechizado por el azul celeste de los ojos de mi
Profesora Marie Henriette Jacqueline Clarac de Briceño, que es su nombre
completo, y que descubrí después, mucho más tarde en un documento notariado en
el que me autoriza “ante la UNEFM en todos los trámites académicos y
administrativos, pero muy especialmente para recibir y retirar mi nombramiento
de Doctora Honoris Causa”. Como colofón, debajo de la firma, dos huellas
dactilares semejan dos bonitos murciélagos.

Adriana Puleo Ponte, la periodista que la entrevistó para Íconos, confiesa que también sucumbió
al hechizo de Jacqueline: “Pensé por un momento que era cosa solamente mía,
pero cuando conversé con Jacqueline Clarac en su casa en La Pedregosa (Mérida),
salí de allí no siendo la misma. Supe inmediatamente que sería difícil
construir su historia, porque no está muy interesada en revelarla; que no me
enteraría de sus historias de amor ni de ningún secreto que guarda a sus
setenta y dos años. Sólo se presentó como una lúcida testigo de un siglo que
pasó, como una amante de las culturas que existen en Venezuela –a las cuáles
defiende apasionadamente– y como una investigadora de rigor. Digo esto, porque
al salir una joven –que también la había escuchado esa tarde– me dijo: “Dios
mío, pero que vieja taaaan hermosa”. Así me di cuenta que ese sentimiento de
ternura y de admiración era compartido. Jacqueline habla dulcemente, como si
estuviera arrullándote con una canción de cuna, aunque el contenido de esas
palabras logra desarmarte. Después de un par de horas, provoca sentarse junto a
ella en uno de sus cómodos sillones de la sala y dejarse consentir como si
fuera una abuela de los cuentos de hadas. Sin embargo, es precisa. No usa
alegorías ni metáforas; emprende el camino del recuerdo con mucha seguridad,
con esa paz de quien ha tenido un largo recorrido y  puede alzar sus pies para desatar las trenzas
de los zapatos.”

Desde su condición de científico social, comprometida con la causa de
los oprimidos, algunas de las historias que cuenta Jacqueline son terroríficas:
“Una de las experiencias más tristes que he vivido en mi trabajo como
antropóloga sucedió a principios de los años setenta. Ganaderos criollos
venezolanos y colombianos mataron a un grupo de indígenas con los que habíamos
trabajado. Se llamaban Guajiros playeros del Arauca. Esos indígenas eran
agricultores y cuando ponían sus plantaciones de yuca, árboles frutales y
lechosa, venían los ganaderos y los sacaban de ahí. Ellos cruzaban el Arauca,
sembraban y ocurría lo mismo con los ganaderos colombianos. Constantemente
pasaban de la orilla colombiana a la venezolana y viceversa. En el año, creo
recordar que fue en 1972, los ganaderos colombianos y venezolanos se unieron
para terminar con ellos. Les dijeron que iban a hacer una fiesta de
reconciliación y los invitaron a comer. Fueron todos, hombres, mujeres, niños
al patio de una hacienda cerca del Arauca. Los mataron sistemáticamente. Sólo
dos jóvenes lograron escapar corriendo. Se metieron por el bosque y llegaron
hasta la frontera, donde la Guardia Nacional los mandó a Caracas. Nunca los
culpables pagaron por ese crimen. La Antropología en Venezuela está llena de
ese tipo de información. Por ejemplo, ¿sabías que el deporte de fin de semana
de los ganaderos de Apure –hasta hace poco tiempo– era matar indios? Esa
indolencia me marcó mucho, me marcó… Me llamó a ser aún más perseverante.
Nuestro trabajo es ayudar a los indígenas para que tomen consciencia de su
situación en el país, a fin de organizarse y exigir sus derechos; que tengan
herramientas para que lo hagan según sus criterios, no imponiendo los nuestros.”
 

De la represión política en la década de los 1970, recuerda con luminosa
tristeza: “Había un muchacho en esa época que era muy inteligente –Jorge
Rodríguez– campeón de ajedrez en Mérida, quien había sido alumno mío. A menudo
conversábamos cuando salíamos de clases. Al ser este muchacho, líder
estudiantil, lo arrestaron y después supimos que lo habían torturado y matado.”

Pese a las adversidades, los reveses y los pesares, Jacqueline es
optimista. No vayan a pensar que los obstáculos y los ataques son asunto del
pasado. Al contrario: Jacqueline es ahora mismo, cuando escribo y reescribo estas
líneas en la preparación de su homenaje, víctima (nada mansa) de quienes alguna
vez apoyó, a quienes yo llamo meridianamente “cucos académicos” por aquellos
pajarracos que ponen sus viles huevos en nidos ajenos. Los “cucos académicos”,
mientras graznan su “más sincero agradecimiento por su invaluable contribución
como docente, tutora y por los aportes que ha realizado a la institucionalidad
de las ciencias antropológicas venezolanas”, la excluyen grosera y brutalmente
de los programas de formación que creara, la expulsan del museo que formara, y,
finalmente, la despojan de la revista que fundara: el Boletín Antropológico. Es como una ópera bufa que se repite en el
chiribitil académico: pienso en la puñalada trapera que le dieron a J. M.
Cruxent cuando le declararon Investigador Emérito en el Instituto Venezolano de
Investigaciones Científicas (IVIC) y le despojaron de su cargo y de su cátedra
y vino casi como exiliado –por segunda vez en su vida, luego de su primer
exilio hispánico– a refugiarse en los paisajes de la Curiana de los Caquetíos.

En esta hora menguada, allá en Mérida, que contrasta con el homenaje solar
que le tributamos entre las dunas de los Médanos de Coro, Jacqueline se nos
revela no sólo como una maestra para pensar, sino como una Maestra de Vida: “Soy
optimista, siempre he sido optimista; si no fuera optimista no hubiese hecho
nada, por ejemplo cuando ha habido matanzas de grupos indígenas o cuando destruyeron
el área arqueológica en La Pedregosa en 1988. Si hubiera sido pesimista, me
hubiese deprimido; pero por más que me atacaron y también atacaron a los que trabajaron
conmigo más nos dieron ganas de trabajar, porque sabíamos lo mucho que el país
necesitaba de nuestra firmeza. Mientras pueda seguiré trabajando.”

La UNEFM confirió el Doctorado Honoris Causa en Ciencias de la Educación
en 2017, argumentado: “Por sus aportes al desarrollo científico, y ella representa
un baluarte de constancia y dedicación, que privilegian valores en los ámbitos
educativo y espiritual, que generan el desarrollo regional y nacional”. El
texto del Doctorado expresaba. “Por sus notables contribuciones a las Ciencias
Humanas como: Investigadora en los campos de la Antropología, la Arqueología,
la Etnología y la Etnohistoria, Autora de obras clásicas en su género, Editora
de revistas especializadas y libros, Fundadora de centros de investigación, Docente
de numerosas generaciones, Museóloga del tesoro ancestral y la diversidad
cultural americana. Pilar de Ética, Estética y Compromiso Social de la Ciencia.
Maestra para la Vida.”

Leemos con asombro y alegría en el mar de noticias del ciberespacio: “La
Red de Antropologías del Sur felicita a su Coordinadora General y Académica,
la profesora Dra. Jacqueline
Clarac de Briceño, por haber ganado por unanimidad el Premio Nacional de Humanidades 2016-2018,
renglón del Premio Nacional de
Cultura 2016-2018 en Venezuela otorgado por el Ministerio del Poder
Popular para la Cultura.”

Sumamos nuestro granito de arena editorial al homenaje que se ofrenda a
“nuestra maestra para pensar” invitando a los lectores a las páginas de Bacoa.
Revista Interdisciplinaria de Ciencias y Artes (Año 7, Vol. 7, N° 14)  dedicada íntegramente a la vida y la obra de
Jacqueline Clarac de Briceño, pulsando el link: http://unefm.edu.ve/bacoa/.

Siembro el compromiso de las palabras de Jacqueline, que recuerdan a las
Diosas Madres de tiempos ancestrales, y que me tocan el alma desde adentro como
alumno suyo que soy, desde aquellos relatos a la sombra de vampiros juveniles y
rebeldes: “Tengo un buen grupo de investigación y espero que no se desintegre.
Los voy a ayudar en todo lo que pueda, hasta el final.” A lo que añado, como
discípulo de Jacqueline que seré: y más allá…

Mgs. Sc. Camilo Morón

Editor-Director de Bacoa. Revista Interdisciplinaria de Ciencias y
Artes.

Editor-Director de Cruxentiana. Comunidad y Patrimonio

Coordinador del ALab-CRBAP

Coordinador de la Comunidad de Aprendizaje J. M. Cruxent

Discípulo de Jacqueline Clarac
de Briceño