Honestamente hablando, por Ana Cristina Chávez
Miel y salmuera
La honestidad, al parecer, es un valor tan poco común hoy en día que en una contienda electoral es utilizado como lema de campaña, y cuando el candidato o la candidata de turno ya ejerció un cargo de gobierno y cumplió su responsabilidad sin enriquecerse ilícitamente -por lo menos en apariencia- incluso sus contrincantes son capaces de reconocerlo(a) públicamente como una persona honesta.
Pero, ¿qué implica la honestidad? De acuerdo a Zarate, citado por Bonilla y otros (2011), la honestidad se refiere a un valor propio de la naturaleza humana, que comprende sinceridad, transparencia y verdad. Para el autor, una persona honesta es íntegra, no da cabida a la dualidad, a la falsedad y al engaño. Así que resulta curioso que la honestidad sea la principal cualidad de un individuo inmerso en la política partidista.
La deshonestidad puede manifestarse de distintas maneras: desde negarse a atender una llamada telefónica o visita de alguien, al pedirle a otra persona que le diga que no estamos; pasa por plagiar un texto sin darle créditos al autor, hasta llegar a cometer un acto de corrupción o estafa multimillonaria.
La mentira y el engaño rondan el accionar de cada ser humano, al pretender manipular a otra persona, aprovecharse de su buena fe o apropiarse de sus bienes materiales. Muchas veces somos víctimas y otras tantas victimarios. Una infidelidad y copiarse en un examen son actos deshonestos que se han convertido en lugares comunes y ya no causan asombro.
«No me den, pónganme donde hay», es una frase tradicional en el mundillo político, definitivamente vinculado a la astucia, a las alianzas puñal en la espalda y a la viveza criolla. Con frecuencia entendemos la honestidad como no caer en la tentación de robar, de tener la prudencia de devolver la billetera encontrada en la calle sin sacarle el dinero que lleva adentro, de no inflar los precios de los productos vendidos y de no cobrar comisiones extras en contratos públicos.
Honestidad también es ser sincero contigo mismo(a) y con los demás, asumir la responsabilidad de los actos y sus consecuencias, decir fui yo y lo volvería a hacer aunque el mundo se oponga y te condene. Honestidad no es solo cumplir con normas y reglamentos y no traspasar límites establecidos en la esfera social e institucional, sino que cuando los violas, seas capaz de gritar tu verdad y aflorar la consciencia que te movilizó, te arrepientas o no de haberlo hecho, más lo segundo que lo primero y pocas veces viceversa.
Ana Cristina Chávez