Gestión pública y “El principio de Peter”
Dr. Ernesto Faengo Pérez
Un colega especialista en gerencia publica con acumulada trayectoria se lamentaba en días pasados del poco interés de gente profesionalmente formada para ocupar cargos públicos, ese desinterés decía el, además de los bajísimos salarios que ofrece el sistema funcionarial en Venezuela está salpicado por la creencia mayoritaria que eso es “política” y que la política no es para gente decente sino para deshonestos, ineptos, sinvergüenzas e inescrupulosos», siendo así decía mi colega, el campo de la función pública queda indefenso y asaltado en su gran mayoría por una legión de incompetentes con lo que eso significa como retroceso y daño estructural al desarrollo de una gestión pública al servicio de los mejores acciones para el bienestar colectivo.
Revisando las conclusiones del foro sobre control fiscal y gestión pública realizado la pasada semana en la Universidad Politécnica Territorial Alonso Gamero donde participe como ponente, analizando la opinión del rector Ingeniero Rafael Pineda afirmando que en Venezuela no hay gestión pública por falta de voluntad política que ubica en puestos de grandes decisiones un conjunto de funcionarios en su mayoría incompetentes he vuelto a leer el hoy famoso y ayer detestado libro obra del psicólogo canadiense Laurence J. Peter ”El principio de Peter” definido como «las personas pueden ascender hasta que su nivel de incompetencia se lo permite», llegar a un momento o cargo que no puede soportar la exigencia de ese puesto ni tiene capacidad para responder y por lo tanto fracasa. .
En la administración pública podemos encontrar un fiel cumplimiento de los postulados de Peter. No se persigue el beneficio común, tampoco la eficiencia o productividad , se abandona la formación y capacitación y se delega en incompetentes que no saben de gerencia y menos de lo específico de un área técnica, se designa a cualquiera, sin formación, conocimiento ni trayectoria en los cargos más importantes, al más obediente, complaciente y gentil, que se la lleve bien con todos y que no ose cuestionar las faltas, que no conoce ni le interesa la planificación, que no le importa los procedimientos legales con la particularidad que algunos son «usurpadores» de profesiones y funciones que le corresponden a otros lo que significa pérdida de recursos, tiempo y dinero convertido en atraso, decepción y frustración de las comunidades.
Aunque el libro de Laurence Peter al final da una serie de sugerencias para eludir o resolver los casos planteados y evitar llegar al nivel de incompetencia, falta una escuela de gerencia pública para formar aspirantes a cargos y a los ciudadanos para que sepan reclamar sus derechos, una administración publica en manos de funcionarios conocedores a cabalidad de sus atribuciones, gente proba, imparcial, no solo académicamente sino ética y moralmente, espiritualmente decidida a cumplir y hacer cumplir la ley.
Seguimos siendo un país singular en el mundo, ricos en recursos naturales, brillamos con profesionales hechos aquí que triunfan en escenarios de alta competencia mundial, médicos, ingenieros, periodistas, deportistas, artistas, cultores, pero salvo raras excepciones en la administración pública el ejemplo es desolador, ministros, gobernadores, alcaldes concejales grises, opacos en talento creativo e ingenio, intrascendentes, solo son noticias cuando los hechos impropios de su mala administración les inculpa y la justicia lenta y muchas veces tarde, torpe y cómplice les imputa graves actos de daños y perjuicios al patrimonio público, difíciles de sanear y reparar porque aquí también funcionan análogas circunstancias que dificultan su aplicación.