En Punta Brava existe un puente plagado de irregularidades «que nadie ve», afirma ambientalista

El ambientalista Andrés Osorio hizo señalamientos este fin de semana, luego de la información generada por el puente de Punta Brava; su cierre por el deterioro que presenta luego de que la fractura aumentó con el doblete sísmico, y el anuncio de reabrirlo de nuevo hecho por el gobierno el viernes pasado. «Hay una especie de dos puentes de Punta Brava, el que conocemos y otro que nadie ve y sobre el que existen toda clase de irregularidades», sentenció el estudioso del ambiente.

El puente que une a Tucacas con las dos islas más grandes del Parque Nacional Morrocoy —Punta Brava y Suánchez— es una consecuencia directa de la destrucción de más de 400 hectáreas de bosque de manglar. Antes de la creación del parque, la empresa constructora Concresa se aventuró a tomar estas islas con la ambición de levantar el complejo turístico «más grande de América Latina».
Para ello, introdujeron personal y maquinaria pesada, arrasando con un hábitat vital para miles de aves y especies como peces, zorros, cangrejos y caimanes de la costa, aseguró Osorio.

Dijo que el afán de deforestar la masa vegetal incluyó rellenar los suelos costeros con millones de metros cúbicos de material coralino, extraído y succionado directamente de los fondos de las playas mediante enormes dragas.

Se abrió una carretera hasta Cayo Suanchez, se rellenó la brecha entre las islas y todo quedó reducido a un terraplén a merced del sol del Caribe: ni un árbol, ni una laguna, sólo coral destrozado y albuferas sepultadas sobre lo que fue un imponente bosque de manglar, expresó sin ambages el oceanógrafo.

«En paralelo, el propio pueblo de Tucacas se expandía bajo una premisa similar de relleno con granzón sobre suelos de mangle».

Desidia institucional

Osorio echó mano de la historia de Morrocoy para recordar que en 1974 se ejecutó el decreto Presidencial que blindó toda esta área y 42 mil hectáreas adicionales hacia el noroeste, abarcando islas y la línea costera más allá del Cerro de Chichiriviche.

La medida frenó aquella codicia premeditada, desalojando unos 1.000 palafitos sobre las aguas de la bahía de Morrocoy y unas 800 casas construidas en las islas.

«Los bienes de la constructora fueron expropiados, pero el puente quedó en pie. Hoy, no es sólo el testigo silencioso de un crimen masivo contra el patrimonio natural, sino el reflejo del abandono y la desidia institucional acumulada durante décadas».

Osorio estima que en más de medio siglo, millones de personas han ingresado al sector, zonificado como área recreativa en un Plan de Ordenamiento y Reglamento de Uso ya caduco.

«Cientos de miles de autobuses y vehículos de transporte masivo han descargado visitantes sin control en un terraplén de granzón. El saldo: anarquía, playas peligrosas sin personal de seguridad donde bañistas han perdido la vida, riñas y descontrol».

Intereses económicos

A juicio de Osorio, poderosos intereses económicos han permitido y permiten estas irregularidades:

«La recaudación de taquilla: Cobros por vehículo y personas que ingresan a cuentas centralizadas del ente rector, devolviendo sólo una fracción menor para nóminas y mantenimiento, por una parte, y por otro lado el comercio local informal: Comerciantes y buhoneros de Tucacas y áreas vecinas cuyas ventas más lucrativas giran en torno al alcohol, comida callejera y pacotilla playera».

En contraste, el resto de la comunidad formal de Morrocoy —dueños de segundas viviendas, embarcaciones, posadas y hoteles de mayor escala— suele recibir más perjuicios que beneficios de este segmento desordenado del turismo.

Falla anunciada

Este puente, ignorado por años, ha carecido crónicamente de mantenimiento. A ese golpe perpetuo se suman los efectos de la naturaleza, incluidos sismos recientes que han azotado la línea costera venezolana.

La inspección técnica realizada recientemente revela columnas peladas, cabillas expuestas y vigas fracturadas.

Aunque la autoridad sísmica ordenó su cierre, los intereses económicos han sepultado las espeluznantes imágenes y los informes técnicos en la opacidad, precisó Osorio al deslizar: «Es, literal y figuradamente, el puente que nadie ve».

¿Qué hacer?

Consultado Osorio en lo que él cree debe hacerse para solucionar el caso del puente Punta Brava, comentó que tras más de 50 años de historia en Morrocoy, la solución más sostenible para ambos intereses exige la reconstrucción total del puente reduciéndolo a una estructura de paso peatonal digno, seguro y exclusivo para servicios de emergencia.

En cuanto al sector Punta Brava–Suanchez, el área debe ser zonificada formalmente como Á
área en rehabilitación, tal como se ha hecho en otros sectores del parque.

Es imperativo crear espacios limpios con servicios sanitarios, agua potable, duchas, áreas verdes y control estricto de la capacidad de carga. «Sólo así se podrá recuperar el manejo ecológico de esta zona unida a tierra firme por el puente que nadie quiso ver».

Francisco Chirinos CNP 9966