El viejo 5% 

El chavismo comenzó a devorarse a sí mismo. Las ratas abandonan el barco, pero antes se muerden entre ellas.
Mario Silva escupe sapos y culebras en cuanto podcast o transmisión encuentra. No es rebeldía ni rectificación ideológica, es despecho. Lo dejaron fuera del reparto del Rodrigato y ahora patalea porque después de tantos años defendiendo lo indefendible terminó convertido en un convidado de piedra.
Elías Jaua, mientras tanto, intenta resucitar un cadáver. Se reúne con los fósiles ideológicos de la vieja izquierda, nostálgicos de la Unión Soviética y viudos políticos de Fidel Castro, como si desempolvando los mismos dogmas responsables del desastre pudieran convencer a una Venezuela que ya pagó demasiado caro ese experimento.
Y Juan Barreto juega su propia partida. Se disfraza de izquierda crítica, coquetea con sectores opositores y busca caballos de Troya que le permitan colarse en la Venezuela que viene.
A ellos se agrega Iris Varela y otros sobrevivientes del naufragio. Es la rebelión en la granja socialista.
Se insultan. Se culpan. Se traicionan. Se deslindan. Todos quieren escapar del cadáver político sin reconocer que lo ayudaron a crear.
Porque aquí nadie puede alegar inocencia. Durante casi tres décadas destruyeron una de las economías con mayores posibilidades del continente.
 Pulverizaron el bolívar, arruinaron salarios, persiguieron adversarios, atropellaron derechos, permitieron una corrupción gigantesca y empujaron a millones de venezolanos fuera de su tierra.
Ahora pretenden presentarse como críticos del desastre que ellos mismos fabricaron.
No. Que aquí nadie se engañe ni disfrace a última hora. El castrochavismo está postrado, fracturado, agotado y en desbandada.
Lo que estamos viendo no es una renovación ideológica, es una pelea por los restos del naufragio.
Y todos conocen el destino que los aterroriza. Volver al viejo 5%.
Volver si acaso a aquella izquierda marginal que durante décadas participaba en elecciones presidenciales sabiendo que jamás conquistaría a las grandes mayorías.
A lo sumo les espera la cárcel o el rincón electoral de donde salieron y al cual van regresar después de que Venezuela comprobó en carne viva, el dolor, hambre, exilio y destrucción, que significó en mala hora entregarles el poder.
Ese es su verdadero miedo.
Pero tienen otro todavía mayor: María Corina Machado.
Saben que difícilmente pueden competir con un proyecto que plantea exactamente lo contrario de lo que ellos representan.
Frente al estatismo, libertad; frente a las expropiaciones, propiedad privada; frente al control, mercado; frente al abuso, Estado de derecho; frente a la dependencia, ciudadanos capaces de construir su propia prosperidad.
La gran condena política del socialismo del siglo XXI no será una consigna. Será la comparación.
Cuando Venezuela vuelva a crecer; cuando regresen las inversiones; cuando haya empleos bien remunerados; cuando nuestros jóvenes puedan quedarse; cuando los trabajadores recuperen el valor de su salario y nuestros adultos mayores recuperen su dignidad, los venezolanos podrán mirar hacia atrás y preguntarse:
¿Cómo permitimos que esta gente destruyera tanto durante tanto tiempo?
Entonces no habrá propaganda que los salve. Ni nuevos disfraces. Ni izquierdas “críticas”. Ni arrepentimientos de última hora. Ni caballos de Troya.
El socialismo del siglo XXI tendrá que enfrentarse al juicio más implacable que existe en democracia, como el voto de un pueblo que recuperó la libertad y no quiere volver a perderla.
Y allí van a terminar los Mario Silva, Elías Jaua, Juan Barreto y toda la colección de viudos del castrochavismo: peleándose entre ellos por la tumba de una ideología derrotada.
Del poder absoluto a la desaparición o al viejo 5%. Ese será el epitafio político del chavismo. Porque el socialismo del siglo XXI caerá.
Y sobre sus ruinas se levantará la libertad.
Sin más que agregar, nos leemos la próxima semana.