El libro y los amantes

—¡Léemelo!

—Léelo tú misma, te lo traeré.

—Tienes una voz muy bonita, chiquillo. Me
apetece más escucharte que leer yo sola.

—Uf…, no sé.

Pero al día siguiente, cuando fui a
besarla, retiró la cara.

—Primero tienes que leerme algo.

   Lo
decía en serio. Tuve que leerle Emilia Galotti
media hora entera antes de que ella me metiese en la ducha y luego en la cama. Ahora
ya me había acostumbrado a las duchas y me gustaban. Pero con tanta lectura se
me habían pasado las ganas. Para leer una obra de teatro de manera que los
diferentes personajes sean reconocibles y tengan un poco de vida, hace falta un
cierto grado de concentración. En la ducha me volvían las ganas. Lectura,
ducha, amor y luego holgazanear un poco en la cama: ése era entonces el ritual
de nuestros encuentros.

   Hanna
escuchaba con mucha atención. Su risa, sus bufidos despreciativos y sus
exclamaciones indignadas o entusiastas no dejaban duda de que seguía la trama
con interés y que consideraba unas niñatas tontas tanto a Emilia como a Luise.
La impaciencia con que a veces me pedía que siguiera leyendo surgía de su
esperanza de que dejasen de hacer bobadas.

                                                                                                          (El lector, página 24, B. Schlink)

   Este pasaje de la novela “El lector” (1995), del escritor alemán Bernhard Schlink
(Bielefeld, 1944),  refleja la relación de complicidad que puede establecerse
entre el libro y los lectores. Los amantes, Hanna y Michael, pese a su
diferencia de edad (36 años ella, 15 el chico) y al secreto que esconde la
protagonista, comparten su afición por los libros, los buenos relatos y las
sensaciones que experimentan mientras leen.

   
 Podemos afirmar que la historia
del libro es una historia de relaciones y necesidades, como toda la sucesión de
hechos de la humanidad: necesidad de expresarse, de exponer ideas y vivencias;
sed de adentrarnos en la otredad de quien escribe. La pared que raya el infante
es el lienzo primigenio, uno de sus medios iniciales de comunicación, junto con
el llanto y el balbuceo. Luego de la invención de la escritura, se evolucionó de
la dura piedra de las cavernas en la que se pintaban escenas de caza, o se
trazaban petroglifos, a soportes que facilitaban la portabilidad del texto y su
intercambio o venta. Así se emplearon la tablilla, el papiro, el rollo, el papel
y el códice, que dieron paso al libro impreso y luego al digital, tan usado actualmente.
El libro se convirtió en un artefacto en el cual se vertían ideas, un equipo
tecnológico cuyo uso permitió aplicar una serie de técnicas para facilitar y mejorar
la experiencia de lectura, pero el libro también se transformó en un objeto vivo
que adquiere significado en función de quien lo posea, lo huela, lo acaricie y
lo interprete.

  
¿Pero qué hay detrás de un libro?, ¿quiénes posibilitan su existencia? Los
creadores de los textos son los escritores, pero los editores contribuyen a
hacerlos visibles, tomando decisiones en torno a ellos, apuestan a su
publicación y le dan el visto bueno a los sueños de un autor. Todo esto
apoyados de las fuentes de financiamiento, del diseñador gráfico, del
ilustrador, del fabricante de papel, del que comercializa el libro, del que lo
distribuye, la librería que lo exhibe, la página web que lo vende, la
biblioteca que lo presta y por supuesto, del destinatario final: el lector,
quien termina de darle forma y significación propia al documento.

  
De esas relaciones en torno al libro y a los lectores, nos hablan Hanna
y Michael en la novela de  Schlink. El
chiquillo le lee en voz alta a la mujer, tal como se hizo en la Grecia Antigua,
pero no podía ser una lectura plana, debía escenificarse, preñar de vida a la
palabra, representarla con cambios de tonos, inyectarle fuerza, sangre y sudor.
Eso lo exige Hanna y aún lo reclaman los niños a quienes les leemos. Por ello el
libro no es solo fachada, sino contenido. Un pequeño y sencillo libro, pero cuidadosamente
editado, puede decir tanto o más que uno impreso en el mejor papel, con atractiva
carátula, tapa dura e ilustraciones artísticas. De cierta manera hay que dudar
de esos textos que en sus portadas anuncian millones de ventas alrededor del mundo,
los llamados bestsellers. Seducidos por una gran maquinaria mercadotécnica, es
probable que quienes los adquieren lo hagan más por moda que por auténtica
curiosidad y necesidad lectora. Ese tipo de libros, muchas veces nos venden mágicas
soluciones a problemas, un lenguaje básico, historias elementales, recetas para
vivir mejor o alcanzar el éxito; algo así como las dietas o pastillas milagrosas
que prometen eliminarnos los kilos de sobra en cuestión de días. Mientras no
nos despojen de neuronas y dinero, todo está bien. Simple literatura comercial.

  
Pero existen editores honestos que recurren a su instinto, buen gusto y
sentido de oportunidad para orientar una publicación, pensando en los lectores
y sus intereses. ¿Qué tal si nos topamos con un editor como el Michael que nos
presenta Bernhard Schlink?

   “Después de marcharse Hanna de la ciudad,
estuve un tiempo buscándola por todas partes, hasta que me acostumbré a que las
tardes carecieran de forma, y hasta que pude ver un libro y abrirlo sin
preguntarme si sería una buena lectura para Hanna.” (Página 47)

  
Mientras estuvieron juntos, el joven seleccionaba con detalle los libros
que le gustarían a su amante, emulando al ángel que le dijo a San Agustín “Toma
y lee”, referido por Zaid en “Los demasiados libros” (1972): “Habría que organizar a los ángeles para que
den este servicio a todos los lectores. Hay infinitos libros e infinitas
personas. ¿Quién puede humanamente combinar estos dos infinitos y anticipar la
lista de encuentros predestinados por el contenido de un texto y la historia
personal de un lector? El público natural de un libro está formado por las
personas a las cuales tiene algo que decirles. Pero es difícil identificarlas,
localizarlas, imprimir los ejemplares necesarios, distribuirlos por el planeta
y avisarle a cada una. Este libro fue escrito para ti: «Toma y lee»”,
asevera
Zaid en un tono irónico, pero con mucha certeza.

   Luego de
la abrupta separación y transcurridos los años, los amantes se reencuentran y
establecen una relación a distancia, basada en el envío de cintas de audio con
la lectura de obras completas por parte del joven –ahora un adulto divorciado y
con una hija- a la mujer, recluida en la cárcel. Un intercambio donde la
lectura se apoya en la tecnología equivalente al audiolibro de la actualidad:

   “Con La Odisea empezó todo. La leí después
de separarme de Gertrud. Pasaba muchas noches sin dormir más que unas pocas
horas y dando vueltas en la cama. Cuando encendía la luz y le echaba mano a un
libro se me cerraban los ojos, y cuando dejaba el libro y apagaba la luz, se me
abrían otra vez de par en par. Así que decidí leer en voz alta. De ese modo no
se me cerraban los ojos. Pero en mis confusas divagaciones de duermevela,
llenas de recuerdos y sueños y de atormentadores círculos viciosos, que giraban
en torno a mi matrimonio, mi hija y mi vida, se imponía una y otra vez la
figura de Hanna. Así que decidí leer para Hanna. Y empecé a grabarle cintas. Pasaron
varios meses hasta que le mandé las cintas. Al principio no quería enviarle
nada fragmentario, y esperé hasta haber grabado toda La Odisea. Pero luego
empecé a dudar de que La Odisea pudiera interesarle tanto a Hanna, y grabé lo
que leí después de La Odisea, varios cuentos de Schnitzler y Chéjov. Luego
estuve un tiempo aplazando el momento de llamar al juzgado en el que habían
condenado a Hanna para preguntar dónde cumplía la pena. Al final reuní todo lo
necesario: la dirección de Hanna, que estaba en una cárcel cercana a la ciudad
en la que le habían juzgado y condenado, un aparato de casete, y las cintas,
numeradas, de Chéjov a Homero, pasando por Schnitzler. Y por fin acabé
enviándole el paquete con el aparato y las cintas.” (Pág. 94)

  
Esta relación de intercambio de casettes, enviados por Michael y de
breves notas escritas por Hanna, se desarrolla durante ocho años, sin el
contacto físico, hasta que las circunstancias obligan al hombre a visitarla en
el centro de reclusión, para luego de un suceso inesperado, darse cuenta que su
trabajo de editor improvisado que ayudó a descubrir textos y promovió la
lectura, rindió frutos hasta el punto de convertir a Hanna en una lectora
autónoma, capaz de decidir acerca de cuáles temáticas abordar, en función de
sus intereses, su necesidad de establecer nuevos vínculos con los libros, ¿y
por qué no? de expiar culpas.

   “Me acerqué a la estantería. Primo Levi, Elie
Wiesel, Tadeusz Borowski, Jean Améry: la literatura de las víctimas y, junto a
ella, las memorias de Rudolf Höss, el comandante de Auschwitz, el ensayo de
Hannah Arendt Eichmann en Jerusalén y varios libros sobre los campos de
exterminio.

—¿Hanna
leía estas cosas?

—Por
lo menos cuando pidió los libros sabía muy bien lo que hacía. Hace varios años
ya me pidió que le diera bibliografía general sobre los campos de exterminio, y
luego, hace un año o dos, me preguntó si había libros sobre las mujeres de los
campos, tanto las prisioneras como las guardianas. Escribí al Instituto de
Historia Contemporánea y me enviaron una bibliografía especial sobre el tema.”
(pp. 104-105) 

  
En este diálogo con la directora de la prisión, Michael conoce a través
de los textos escogidos por Hanna, el lado más oscuro de la mujer que marcó su
vida, penumbras en las que parece buscó profundizar mediante los relatos
escritos. Ella pretendía conocer las visiones y perspectivas de los autores,
como sobrevivientes al Holocausto judío, navegar en esa mismidad otra de la que
fue protagonista a su manera. Hanna buscó cavar su propia fosa y lo logró, demostrando
que al final, es el lector quien toma la decisión de hundirse o elevarse usando
al libro como instrumento.

   A lo largo del tiempo, el libro ha formado parte de la evolución social y cultural de los pueblos, de los cambios en las relaciones humanas, de los modos en los que se comprende e interpreta la realidad, de utilizar la tecnología y de desarrollar técnicas que permitan y contribuyan al hecho de la comunicación. Cuando hablamos del libro, nos referimos al soporte y a su contenido, a los procesos que implican su creación, diseño y divulgación, así como a las personas que lo hacen posible. Hablamos del libro y del lector, de las palabras y de las emociones que son capaces de generar. Hablamos del libro y de amantes que retozan en la cama, de hombres y mujeres que leen por placer y también por exigencia, como vía para ampliar su visión del mundo. Hablamos del libro y de la búsqueda de salvación, pero también de condena, de descubrirnos pecadores, cielo e infierno, Dios creador y demonio censor.

Por Ana Cristina Chávez