El Inmediatismo, un reto para la presente y futuras generaciones
Pbro. Yofran Antonio Chirinos Hiraola
Dios y el mundo
Estamos frente a una realidad que nos exige ser cada vez más veloces en lo que hacemos, sin tomar en cuenta que no todas las personas y trabajos tienen el mismo ritmo y dinámica.
Esto se debe al interés de quienes buscan producir, exigiéndonos ser rápidos con una mentalidad mercantilista, dejando de lado el tiempo que es necesario para el disfrute de la vida. Ya nos está sucediendo en las conversaciones, comidas, viajes, trabajos y estudios, se hacen apresuradamente.
Nos dejamos llevar por un ritmo de vida, que se nos ha venido imponiendo, respondiendo a la demanda y no a la producción, lo que importa es vender y consumir, sin indagar que la vida no solo depende de una mercancía o de un artículo comercial. El riesgo que se corre, está, en permitir que no se aprecie a la persona en sus justos valores, tanto como sus capacidades y limitaciones.
Es discordante, porque no todos los seres humanos somos iguales, por consiguiente, las habilidades de uno no resultan ser iguales que la de los demás. Y se pretende exigir a todos el mismo rendimiento, sin antes comprobar si la persona es apta para esa tarea asignada.
El sistema educativo también ha caído en este apresuramiento con las clases Online y, con un Internet deficiente, exigiéndoles a sus estudiantes tareas en medio de una cuarentena con normas del distanciamiento social entre otras, por el afán de tener promociones, sin valorar la calidad del futuro profesional que se está preparando.
Esta dinámica con la que se aspira dirigir el futuro del mundo, ha envuelto a los seres humanos en un movimiento vertiginoso, que no nos permite pensar y discernir con claridad, para escoger y decidir. Se observa un afán por apresurar todo a nuestro alrededor. Se habla de injertos para producir frutas impresionantes, porque hay que alterar los procesos dejando de lado la calidad del producto con sus sabores naturales.
Es injusto que se permita a quienes insisten someter el mundo, a un ritmo acelerado por intereses codiciosos, con la intención de seducir al ser humano a una tendencia consumista. Ya nuestro Señor Jesucristo lo profetizaba al decir: “Pues los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz” (Lc 16, 8). Otro signo nocivo que se está experimentando es que ya no compras lo que necesitas, sino lo que la sociedad te ofrece, no se ve la calidad del producto, porque ha ido desapareciendo la competencia. Entonces terminas por adquirir lo que hay, no se complace al cliente, porque ya no cuenta el cliente, cuenta el producto y tú lo compras o lo dejas.
Estas acciones inhumanas, pudieran indicarnos que se está cayendo en un acto de pecado de omisión, que desencadena en actitudes egoístas en muchas partes del mundo, donde no se respeta la persona, ni sus derechos.
Esto se comprueba cuando se rechaza al migrante, con episodios de xenofobia y ante quienes muestran un interés disimuladamente, cuando plantean que es necesario un control de la especie humana, porque cada vez somos más y, según estos hay que controlar su crecimiento en el mundo.
Para el viejo continente, un gran número de ancianos no son tomados en cuenta, porque lamentablemente no producen, pero en el pasado si fueron valorados mientras eran jóvenes y lo daban todo por su trabajo, ahora por ser personas de la tercera edad que han ido perdiendo sus facultades y capacidades, ya no son útiles a la sociedad. Se juega con la persona humana como si fuese un producto desechable, cuando ya se le ha extraído toda su energía, capacidades, habilidades y destrezas, pero como ahora no es capaz de dar más, entonces no es digno de estar en una sociedad que necesita producir con velocidad, con el pretexto que la demanda cada vez es mayor y la producción es insuficiente.
En nuestro continente de América Latina, comienzan a surgir normas contra las mujeres jóvenes, quienes no tienen derecho a un embarazo si desean conservar su empleo. Y en cuanto a los hombres que pasan los cincuenta años, no consiguen trabajo, en algunas empresas son catalogados como personas mayores de poco rendimiento. Estos comportamientos sórdidos de los hombres de esta generación, nos resultan ser contradictorios.
Y en sentido opuesto nos admiramos en los logros de hombres, quienes en esta época moderna, han sido capaces de grandes retos como las megas construcciones, donde se habla incluso de las maravillas hechas por el hombre. Y a pesar de esto, en la práctica, lo que observamos es que se le da más importancia a la máquina, que al mismo hombre que la inventó, sencillamente porque la máquina produce por cantidades ilimitadas, no se agota, no tiene prestaciones sociales, no se enferma, ni pide vacaciones.
Cuanta injusticia vemos en el trato del hombre con su propio hermano, que ha llegado a valorar más la técnica, la industria, el robot, desplazando al hombre por orden del mismo hombre, con la excusa de la producción y la demanda, auspiciada por quienes ostentan ser los dueños del mundo, esmerándose por la producción y las ganancias, dejando de lado a la persona que viene siendo sustituida por la máquina que es más rápida, economiza tiempo y recursos.
Qué ironía, siendo el hombre quien invento las máquinas, la industria, el motor, y el robot, ahora es sustituido por un robot, en las ensambladoras de vehículos, fabricas, la medicina, y hasta en el espacio exterior. Mi pregunta ahora es ¿De qué sirve todo este apresuramiento por las cosas, actividades y el afán de adquirir riquezas de este mundo? Si no eres eterno en él, y además no te llevaras nada material de el a la otra vida. Bien lo describe el texto del (Qo 1, 2-3): “¡Vanidad de vanidades, todo es vanidad! ¿Qué saca el hombre de toda la fatiga con que se afana bajo el sol?” Y el pasaje del santo Job 1,21: “Desnudo vine a este mundo, y desnudo saldré de él”. Jesús dijo: “Que difícil es para los ricos entrar en el reino de los cielos” (Lc. 18,24). Y nos invita, “a aspirar los bienes del cielo y no los de la tierra…” (Mt 6, 19-21). ¿Al final de tu vida en este mundo que te llevaras contigo? Solo tus buenas obras. ( St 5, 14).