Educar para el amor
Pbro. Gilberto García
Dios y Mundo
Una dimensión fundamental de los procesos educativos es acompañar a los alumnos en el aprendizaje del amor y del arte del amar. Ya en las escuelas griegas, la educación para el amor era uno de los aspectos centrales de la Paideia, pues habían comprendido desde entonces que una persona que no ama ni es amada carece del equilibrio interior que luego le lleva a padecer todo tipo de enfermedad psico-somática, distorsiona su percepción del entorno y las personas y termina viviendo en un caos y generando caos a su alrededor.
Ahora bien, en nuestra cultura occidental el corazón simboliza desde lo poético y romántico hasta lo espiritual y místico el receptáculo del afecto y las decisiones. Ayudar al niño y al joven a abrir su corazón, enriquecerlo de valores y virtudes y animarlo a vivir en coherencia es el fin más noble de la educación, convertida de esa manera en cosa del corazón.

De tal manera que cuando la educación es cosa del corazón y no sólo de la razón, las relaciones educativas van marcadas por el afecto, el estímulo, la emulación en donde el educador se convierte en modelo de vida real, nunca ideal, de cómo ser persona realizada en el mundo. Por ello, hace ya unos cuantos años, cada maestro era una institución andante, no solo por la cultura académica que poseía, sino sobre todo por la riqueza de virtudes que deslumbraban en él y se traducían en una preocupación permanente por el desarrollo de sus alumnos más allá del aula, en su hogar, en la calle, en la vida. Muchos querían ser como su maestro, pues reflejaba plenitud, felicidad, estatus social.
Cuando asistimos al drama de un mundo que ha hecho de los seres humanos cosas, números, seriales y si seguimos por esta senda un microchip fruto de avances tecnológicos, debemos preguntarnos seriamente si no está en juego lo más esencial de lo humano que es el amor. Pues el amor viene a ser el ingrediente necesario para que la acción de la persona sea humana, y en este sentido se convierte en un criterio de discernimiento de nuestro ser y quehacer.
¿Cuánta gente educa para el amor, que es lo realmente necesario e indispensable? ¿No habremos errado en esquemas educativos fragmentados que formaban el cerebro y a veces las manos de los individuos pero no le hacían persona capaz de convivir, pensar en los demás, respetar el mundo y la creación? ¿No estamos acaso sufriendo las consecuencias de haber formado cerebros (ciencia) y manos (técnica) y haber olvidado formar el corazón (virtud)?
Cuando fragmentamos la persona humana en secciones, sin ningún tipo de relación entre sí, corremos el riego de aniquilarla y arrojarla en el absurdo, tendremos entonces grandes científicos amorales, técnicos, militares inhumanos, capaces de manipular y jugar con la vida como si fueran sus dueños y causar males en función de un supuesto progreso, y no faltará quien justifique la muerte de muchos en pro del desarrollo de la ciencia y de la humanidad.
Tanta paradoja solo es posible
cuando la humanidad vive la esquizofrenia existencial y todo ello en el fondo
muestra la ausencia de una visión trascendente de la vida, que llega a sumirla
en un torbellino materialista aniquilador de lo humano. Pisoteada así la
persona humana, ¿qué le queda? Buscar refugio, buscarse sucedáneos del amor en
experiencias fugaces y efímeras de placer controlable, inmediato, barato;
llenar su corazón vacío con lo que sea, huyendo de sí y refugiándose en una
exterioridad pomposa, repleta de burbujas muy grandes y hermosas pero vacías de
existencia y de eso conocemos muchos tras la moda, el Smartphone, las redes
sociales contando likes, metidos en
todo y comprometidos en nada.
Y sucede que cuando el corazón no ha sido formado para el amor, la psique humana se hace vulnerable y presa fácil de enfermedades, adicciones, apegos, ansiedad, angustia. Un corazón robusto, un espíritu fuerte favorece una correcta inteligencia emocional, salva tanto a la persona como al entorno y previene para las calamidades inevitables de la vida: enfermedad, muerte, fracaso. En este sentido, creo que todos hemos conocido personas que han padecido sufrimientos muy profundos y han sabido superarlos e integrarlos en su vida, aprendiendo a vivir y lidiar con el dolor; también hemos visto a otros enfermarse, caer en la desesperación, depresión y recurrir al suicidio.

No olvidemos que somos realidades psico-somático-espirituales y la educación para el amor incide en nosotros como realidades unitarias, no fragmentadas.
Y ¿cómo educar desde el corazón
para el amor? Por los años 1994-95 cuando comenzaban a insertarse las nuevas tecnologías
educativas, recuerdo que siendo estudiante de la UCAB y en un curso de
telemática nos hacíamos la pregunta por el papel del educador en los procesos
educativos del futuro. Muchas cosas se dijeron pero recuerdo una con mucha claridad
y reafirmo hoy: nada puede sustituir la relación personal maestro-alumno.
Pueden venir las mejores tics educativas, los mejores
avances, pero el alumno siempre requerirá el calor humano para crecer y
madurar; de hecho, sólo desde la relación y la familiaridad se engendra el
afecto educativo, se despierta la confianza mutua que desencadena procesos de
liberación psicosocial en el alumno; se da un descubrimiento de la vida y su
valor y, sobre todo, el descubrimiento del otro como persona con dignidad de
grandeza con quien dialogar cara a cara. De manera que esa epifanía del rostro acontecida
en la relación educativa maestro-alumno y alumno-alumno es la base de un
encuentro dialógico en donde cada cual se descubre a sí mismo en relación con
el otro,
se valora a sí mismo valorando al otro y aprende a amarse a sí mismo
amando al otro. Esta superación de las tendencias egóticas naturales de
toda persona que le llevan a ser el centro del cosmos y a instrumentalizar al
resto de las personas, representa el inicio de una verdadera educación en el
sentido de sacar de (ex ducere) su situación riesgosa al
joven y conducirlo (pais gogein) a una vida de mayor
excelencia en el amor y las demás virtudes necesarias para vivir bien.
Aunque sé que no faltará quien
tilde estas reflexiones de ilusas o utópicas, me permito remitirme a la
experiencia de algunos pedagogos que aplicaron este camino de la educación
desde el amor y la bondad metacognitiva hasta alcanzar objetivos logrados con
muchos de sus alumnos: san Juan Bosco, María Montessori, Juan Jacobo Rousseau.
Cada cual con diversos métodos se propusieron educar al niño y joven más allá
del conocimiento racional y técnico, quisieron llenar la vida y el corazón de
contenido vital y afectivo necesario para el buen desarrollo de la persona.
Quisiera terminar estas líneas
recordando una verdad conocida y olvidada por muchos: el hogar es la principal
e ineludible escuela del amor para la comunión. Es la familia el principal
factor educativo del amor de los hijos. Allí aprenderán a amar en libertad, sin
chantajes ni manipulaciones, a ser fieles a la palabra dada y al reconocimiento
del otro y su valor, al diálogo como herramienta necesaria y constructiva, al
perdón como reconciliación y aceptación de los propios defectos y los ajenos y
sobre todo a amar la familia como realidad necesaria para todo ser humano en
corresponsabilidad de roles y funciones. ¡Ánimo!