Domingos sin mangos

La mata de mango ya no se encuentra al fondo del patio, ahora no tengo la agilidad para trepar al techo, ni me baño con el chorro de la manguera. Mi abuelo no está para ayudarme con la tarea de inglés, y las cenas de Año Nuevo tienen menos comensales. Muchas cosas han cambiado, la familia creció en altura, edad y número, pero no todos nos reconocemos. Algunos de los miembros se fueron en un vuelo eterno y otros en uno temporal.

 El porche sigue allí, con sus muebles de metal, su ventanal con marco de madera y cortinas blancas, solo un poco más encanecido y silencioso, pero igual. El jardín ha reverdecido, en el centro una pequeña palma de moriche capta la atención, un escenario fijo para la foto, en sustitución de los arbustos de flores blancas y rosadas de mi niñez, que arrancaba para adivinar si me quería o no. 

Mientras estudiaba en la universidad, la sencilla reja que reguardaba la casona, evolucionó a una fachada moderna, decorada por dentro con caminos de piedra, plantas y flores renovadas, para dar la bienvenida a los visitantes. El pasillo de la entrada es una pasarela perenne por la que desfilan los saludos y besos de los recién llegados.

Hoy, el fondo de la casa no invita a jugar ni a comerse las uvas que durante un tiempo colgaron del techo del garaje. No está el mango que manchaba el rostro y  llenaba de hilachas los dientes, tampoco el cajuil que degustaba el anciano profesor, ni la gallina que corría como en un maratón. En su lugar, conseguí una siembra distinta, y en una esquina de la construcción, una fila de comején que reta a devorarnos los recuerdos.

El cuarto de atrás no alberga a los gatos recién nacidos que queríamos adoptar, ahora una solitaria felina se adueña de las habitaciones, tan sofisticada como el leve tintineo de su cuello-cascabel. El comedor no luce tan regio como antes, pero en la vitrina sobreviven las copas de siempre.

Reencontrarnos es distinto, los nuevos miembros tienen ojos pegados a teléfonos y no poseen el espíritu de exploradores de patios. De vez en cuando toca advertirles del pájaro que canta en el árbol, para que recobren las fuerzas infantiles.

El Día de la Virgen poco sabe a macarronada, pero la Navidad se ha mantenido envuelta en hojas de hallaca y bañada en salsa de clavo y malagueta. Ya no transitamos con frecuencia el corredor que lleva a las habitaciones, pero la salita alterna sigue llenándose de luz solar, la misma que pese a las ausencias y los cambios, perdura en los corazones de las habitantes de la casa de la abuela, nuestro refugio dominical. 

Por Ana Cristina Chávez Arrieta