Dios y el Mundo: “Y Dios se hizo hombre, para que el hombre se hiciera Dios”

Con esa sentencia,  san Ireneo de Lyon, padre de la Iglesia, hace una condensación profunda de la teología de la Navidad. Un intercambio o trueque divino que acontece por voluntad de Dios. Como cumplimiento y realización de todas las promesas hechas a la humanidad desde el exordio de la historia, pasando por todas las etapas de la historia sagrada de Israel, en medio de una espesa oscuridad del mundo, la luz de Dios vino a iluminar, disipando con su presencia todo error, duda o tristeza. Un antiguo canto del pregón de Navidad recita: «Finalmente, durante la olimpíada 94, el año 752 de la fundación de Roma, el año 14 del reinado del emperador Augusto, cuando en el mundo entero  reinaba una paz universal, hace 2020 años, en Belén de Judá, pueblo humilde de Israel, ocupado entonces por los romanos, en un pesebre,  porque no tenía sitio en la posada, de María virgen, esposa de José, de la casa y familia de David, nació Jesús,  Dios eterno,  Hijo del Eterno Padre, y hombre verdadero, llamado Mesías y Cristo, que es el Salvador  que los hombres esperaban». Los anhelos de felicidad, redención, libertad y vida de todas las personas son colmadas, pues Dios siempre es fiel a su palabra. Siete palabras pueden ayudarnos a reflexionar sobre el significado teológico y espiritual de la Navidad como eje fundamental de nuestra salvación, junto a la Pascua.

  1. Fidelidad de Dios. El gran protagonista de la Navidad es Dios uno y trino quien en su
    voluntad salvífica insiste reiteradamente en su esfuerzo de salvar la creación
    entera siendo fiel a sí mismo, fiel a sus promesa hechas desde antiguo. En
    efecto, cada profeta, cada acontecimiento del Antiguo Testamento puede
    interpretarse como una gran preparación para la encarnación del Verbo.
    Absolutamente toda la revelación bíblica está ordenada en función de esa
    entrada de Dios en la historia humana, su caminar junto a todos los hombres y
    su retorno a la casa del Padre como primogénito de muchos hermanos. Por eso
    leemos en la misa solemne de Navidad el prólogo del evangelio de Juan, síntesis
    del proceso encarnacional del Verbo y su misión histórica. Dios siendo fiel a
    su palabra, envía al mundo a la Palabra y ésta se hace uno de nosotros. Da
    sentido e ilumina todo misterio, es luz y vida de todo hombre que viene a este
    mundo y por la fe le hace hijo de Dios.
  2. Fe en el ser humano. A pesar de la debilidad humana y nuestras infidelidades, idolatrías e
    injusticias, Dios nunca ha dejado de creer en su creación. Ama al hombre,
    confía en la semilla de bondad que Él mismo, el gran sembrador, ha diseminado
    en todos los corazones. Dios hecho cercano, es decir, Emmanuel nos muestra el
    verdadero rostro de Dios y nos permite descubrir ver su fe en nosotros. Su
    encarnación y nacimiento son ya el triunfo de la fe de Dios en la humanidad.
    Dios Padre no se deja vencer por nuestro pecado, nuestra miseria. Cada Navidad
    renueva su fe en nosotros y nos invita a creer como él en la humanidad para
    elevarnos por encima de nuestras miserias hasta la más alta dignidad en el
    reino de Dios.
  3. Encuentro de la familia. Navidad por ende, supone tanto la fe de Dios en el ser humano como la
    fe de la humanidad en Dios. Fundamentalmente es encuentro, unión, comunión.
    Superado el pecado que dividió y separó creando dolor y muerte, se revierte la
    fuerza de todo ese mal con la inocencia y pureza de un niño que despierta en
    todos nobles sentimientos y llama a la conversión a quienes aún yacen en
    tinieblas y en sombras de muerte por su pecado. Ese encuentro exige movimiento,
    éxodo existencial ante el adviento divino; levantarse como el hijo pródigo tras
    recapacitar sobre las miserias de una vida llevada al margen de Dios y lejos de
    la casa del Padre y las bondades del retorno hacia el Creador; por eso Navidad
    es el abrazo de Dios a la humanidad, y el abrazo de todos entre sí donde
    comprendemos nuestra identidad más profunda como hermanos en la casa común
    junto a nuestro Padre: somos la familia de Dios.
  4. Intercambio. Lo impensable se hizo realidad. Lo imposible para nosotros es posible
    para Dios. Que una anciana, Isabel, quede embarazada de otro anciano muy
    avanzado parece imposible; que una muchacha virgen quede embarazada por obra
    del Espíritu Santo es imposible. Pero Dios se luce, mostrando su fuerza, su
    poder y su misericordia rompiendo leyes naturales y humanas para entrar en
    nuestra historia. La eternidad se hace temporal, el Creador se hace criatura.
    La carne humana habla ahora con la Palabra divina en un proceso irreversible y
    definitivo: Dios asume nuestra humanidad y la eleva hasta la divinidad, sin
    dejar de ser Dios, sin dejar de ser hombre. Navidad es pues, intercambio de
    dones, de vidas, de historias; es comunión y regalo en el cual
    nuestro amigo secreto se revela en fiesta y todo tiene sentido al saber que es Él quien
    siempre nos estuvo regalando algo, pensando en nosotros, escondido para
    alegrarnos al final.
  5. Esperanza. Por eso en Navidad renovamos la casa, damos juguetes a los niños,
    comemos algo distinto, estrenamos ropa puesto que Dios está con nosotros
    renueva su alianza y promesa, nos regala a su Hijo como causa de alegría, quien
    se hace para nosotros alimento espiritual y bebida de salvación y nos reviste
    con su gracia poniéndonos el traje de fiesta del Dios-con-nosotros. Y es que no
    puede celebrarse fiesta con los harapos del pecado, de allí que nuestra cultura
    comprendió la necesidad de estrenar para festejar desde lo exterior y por
    supuesto desde lo interior con las misas de aguinaldo. La esperanza se traduce
    en fiesta cuando el derroche del momento obliga a hacer pausa en el peso
    cotidiano de la vida y las luchas diarias. Y, aunque las cosas estén más
    difíciles que nunca, cada familia hará lo humanamente
    posible por hacer posible lo imposible
    : hacer hallacas y compartirlas. Es
    un milagro de nuestra fe, una expresión de esperanza en un futuro mejor, pues
    Dios está con nosotros.
  6. Amor. También en Navidad buscamos dar calor a quien pasa frío, buscamos abrir
    un espacio en la mesa o por lo menos hacer una hallaca extra para compartir. El
    Don de Dios nos invita a ser don para los demás. Tanto amor por parte de Dios
    es la salvación del mundo. Nadie debería pasar Navidad en soledad. No tiene
    sentido pues ha nacido el amor. Por eso la comida la hacemos en familia y Jesús
    en medio de nosotros, recién nacido, preside nuestra fiesta invitándonos al
    perdón y la reconciliación, al servicio y valoración mutua. Aprendemos pues en
    estos días que necesitamos continuamente renovar nuestra fe en el amor, volver
    a creer que el amor no es una palabra vacía sino el motor del mundo, Dios mismo
    en nuestros corazones encarnándose cada día.
  7. Jesús en nuestra paz. Finalmente, todo nos lleva a afirmar que la Navidad es Jesús y por eso
    la escribimos con “N”, como nombre propio. Pues sin Jesús todo esfuerzo resulta
    inútil y vacío. Nuestro mundo ha querido muchas veces reemplazar a Jesús con
    otras alternativas en apariencia mucho más atractivas y ha terminado generando
    muerte y destrucción. Sin mí no pueden
    hacen nada
    , dijo el Señor; y yo le añado: con Él lo podemos todo. Celebrar
    Navidad, entonces es celebrar la presencia incondicional de Dios en nuestras
    vidas haciéndose solidario con nosotros hasta las últimas consecuencias. Por
    eso la corona de adviento transmuta en la corona de espinas; las montañas del
    pesebre, en el monte calvario y el árbol de Navidad, en la cruz. Como vemos una
    misma realidad redentora en dos momentos diversos como expresión de un amor que
    vino a dar su vida por nosotros y a traernos la paz definitiva. A mí parecer
    este es el sentido genuino de la Navidad.

P. Gilberto García SCJ