Dios y el mundo: Instruir y Educar, una misión por vocación, que hace hombres y mujeres útiles a la sociedad
Estas dos expresiones: “Instruir y Educar”, que
generalmente usamos de modos desiguales, presumiendo que son opuestas, y en consecuencia
se termina por darles normalmente dos
interpretaciones con aplicaciones diferentes. Pero en la práctica están
íntimamente relacionadas. Ambas son tan cercanas que se podría decir que una
contiene a la otra, puesto que tienen un mismo fin que permite unificar la formación
y educación en una misma persona. Por consiguiente estas dos palabras, no se
pueden admitir separadas, asumiendo que tienen funciones aparentemente
desiguales, cuando por el contrario se complementan. De hecho al referirnos al
maestro de aula, indistintamente de su título o escalafón, llámese maestro o
profesor, estos términos coinciden cada vez que celebramos el día del educador.
Entonces esto significa que ellos también están llamados a instruir y educar, como es también la misión y
vocación de los padres en velar por la instrucción y educación de sus hijos en
la fe.
Hay quienes afirman, que la instrucción es explícitamente
tarea del maestro, y que por el contrario la educación es el rol fundamental de
los padres con sus hijos. Si esto fuera cierto tal y como algunos lo expresan,
creo que entonces sería una contradicción llamarlos maestros y al mismo tiempo celebrar
el día del educador. Lo que sucede es que no se acepta conscientemente que una
de las tareas del maestro y tal vez sea la más importante, está en aquel que
une pedagógicamente la instrucción y la educación, esto lo logran los buenos maestros, aquellos que se dedican y
consagran por vocación, haciendo del aula de clase un segundo hogar, donde
pueden interactuar con sus discípulos como si fuera uno de sus hijos, de ahí,
que nos encontramos con educadores que pasa el tiempo y siguen siendo solicitados,
incluso se les piden cupos antes de finalizar el año escolar, de hecho hay generaciones
que han sido formadas por un mismo maestro.
En la familia desde muy pequeños se nos dijo, que
el colegio era nuestro segundo hogar y el maestro el segundo padre, si esto se
decía al menos en mi época, entonces, ¿acaso no se está mostrando de algún modo
casi imperceptible que el maestro también está llamado a educar y a instruir?
En mi experiencia, de quienes hemos tenido en la vida la gratificante
oportunidad de estar como discípulos ante un carismático, y dedicado maestro, apreciamos con satisfacción
que el proceso que se llevaba era de una formación integral, donde estaba
presente también la educación en principios y valores. Es decir, no solo se insistía en una
calificación, por el contrario se nos
corregía y orientaba para la vida, con consejos que quedaron fijados en nuestras
mentes. Pienso por ejemplo en aquellos verdaderos educadores que registra la
historia de Venezuela, tales como; Sinos Rodríguez y Andrés Bello, fueros
maestros que en su vacación de educadores, supieron conjugar sabiamente la
instrucción y la educación, en su empeño por formar de la mejor manera a sus
discípulos, sin caer en falsos indicios de humildad, cumplían cabalmente su
responsabilidad de maestros, sin mostrar otros intereses por su trabajo. Cuyo deleite
estaba en formar un hombre y una mujer integralmente, que garantizara de estos
nuevos ciudadanos una persona de bien para la sociedad.
El trabajo más difícil y poco
gratificante está en educar, porque se trata de ir tras los malos hábitos que
se han ido adquiriendo con el tiempo y corregirlos. Oí decir en una ocasión a
Mons. Ovidio Pérez Morales, “que educar era una tarea muy difícil de realizar,
puesto que se debía hacer todos los días y a cada momento”. Sin embargo no deja
de ser una responsabilidad para quienes tenemos a cargo personas, bien sea como
padres de familias, educadores o sacerdotes entre otros, misión que se nos
confía por ser agentes educadores. Tarea muchas veces incomprendida y poco
aceptada, porque cuando alguno de estos agentes intenta corregir o dar un
consejo, en algunos casos se reciben respuestas despectivas por ejemplo, “ya me
bienes con ese sermón”, deformando la palabra. El otro aspecto embarazoso para
quien educa, es que inevitablemente hay que estar repitiendo casi con
insistencia sobre algo o alguien.
Es una de las tareas más difundida por la Iglesia
Católica, con la participación de grandes Santos y maestros fruto de
congregaciones religiosas; tales como los Jesuitas, Salesianos, Agustinos, el Opus
Dei, entre otros. Con la creación de grandes colegios y universidades católicas,
en distintos lugares del mundo. Quienes se sintieron llamados a esta misión de
instruir y educar en la fe al cristiano, en efecto podemos afirmar que un buen
cristiano es fruto de un buen maestro. Y el modelo que tenemos es Cristo, Maestro.
Quien instruyo técnicamente hablando a los doce, según lo registran los
sinópticos, y lo hizo literalmente durante tres años. Donde al mismo tiempo los
fue instruyendo en el conocimiento de la Palabra y también los educo en valores:
como el servicio, la caridad, solidaridad, unidad, justicia, verdad, coherencia, honestidad, humildad
y obediencia.
Está demostrado que
el maestro si educa, además de su llamado a instruir, y se puede
igualmente afirmar que nuestros padres asumen indistintamente la doble misión y
prueba de ellos está en las circunstancias que se vive actualmente por la pandemia, por ejemplo, en diversos
lugares del mundo se ha podido promover a los niños de los colegios, gracias a
la labor de sus padres que junto a sus pequeños, lograron involucrase de una
forma tal vez inédita, algunos con temores al considerarse incapaces de poder
ayudar a sus hijos en responder las tareas asignadas por sus maestros. En
conclusión, la instrucción y la educación no se contradicen, hay que instruir y
educar al mismo tiempo a quienes tenemos bajo nuestra responsabilidad, es un
deber de todos los agentes que por vocación o misión adquirimos ante Dios y la humanidad. La
historia y la sociedad te lo agradecerán.
Pbro.
Yofran Antonio Chirinos Hiraola