Dios y El Mundo: Fratelli Tutti, cómo lograr la fraternidad.

Hoy,
muchos se plantean construir la paz, unos lo hacen desde el universalismo “planificado
por algunos y presentado como un supuesto sueño en orden a homogeneizar,
dominar y expoliar. Un modelo de globalización que conscientemente apunta a la
uniformidad unidimensional y busca eliminar todas las diferencias y tradiciones
en una búsqueda superficial de la unidad”[1];
una fraternidad así termina siendo una imposición arbitraria que genera luchas,
conflictos, resistencias y sobre todo desplazamiento de los no son juzgados
convenientes o útiles.  Otros desean una
fraternidad desde la opción relativista de que cada quien haga lo que le
parezca, advierte el Papa que “detrás de una supuesta tolerancia, termina
facilitando que los valores morales sean interpretados por los poderosos según
las conveniencias del momento. Hay que acostumbrarse a desenmascarar las
diversas maneras de manoseo, desfiguración y ocultamiento de la verdad en los
ámbitos públicos y privados”[2],
la fraternidad estable ha de ser fruto de la verdad entera.

La
fraternidad no es fruto de ciertas políticas aplicadas por vía de decretos o
convenios, “no es solo resultado de condiciones de respeto a las libertades
individuales, ni siquiera de cierta equidad administrada… La mera suma de los
intereses individuales no es capaz de generar un mundo mejor para toda la
humanidad”[3].
Entonces ¿cómo lograr esa fraternidad verdadera que nos ayude a ser fuertes
ante las dificultades?

Para
lograr esa fraternidad estable que nace de Dios y cambia la sociedad cada uno
ha de convertirse en artesano de paz, entendiendo que “los procesos efectivos
de una paz duradera son ante todo transformaciones artesanales obradas por los
pueblos, donde cada ser humano puede ser un fermento eficaz con su estilo de
vida cotidiana”[4].
Se trata de esfuerzo diario de comunión y conversión  “en un único proyecto creador, para escribir
una nueva página de la historia, una página llena de esperanza, llena de paz,
llena de reconciliación” [5].
Una transformación de tal magnitud no se logra solo desde los escritorios o las
tribunas, es necesario el esfuerzo y las dedicaciones materializadas en
compromisos visibles: el perdón, el diálogo y el encuentro; tres pasos firmes
para emprender el camino de la fraternidad.

Lo
primero es el perdón, toda la historia de nuestra vida, de nuestros pueblos y
de sus relaciones ha de ser pasada por el tamiz del perdón, esto nos ayudará a
entender que “cuando hay algo que de ninguna manera puede ser negado,
relativizado o disimulado, sin embargo, podemos perdonar. Cuando hay algo que
jamás debe ser tolerado, justificado o excusado, sin embargo, podemos perdonar”
[6]
Así estaremos capacitados para seguir adelante sin llevar en nosotros la carga
de una memoria llena de heridas. Cuando el hombre descubre la grandeza del
perdón está habilitado para acercarse al otro sin dañarlo ni utilizarlo, se
podrá acercar al otro porque ha hecho la experiencia de sentirse hijo amado.

Lo
segundo es el diálogo: “acercarse, expresarse, escucharse, mirarse, conocerse,
tratar de comprenderse, buscar puntos de contacto, todo eso se resume en el
verbo dialogar. Para encontrarnos y ayudarnos mutuamente necesitamos dialogar”[7],
tener apertura al otro, no para juzgarlo ni decirle todo lo que debe hacer sino
para descubrirnos entre nosotros y acompañarnos mutuamente en la ejecución de
nuestros proyectos de vida. El diálogo nos saca del individualismo y nos abre a
la comunión, “solos se corre el riesgo de tener espejismos, en los que ves lo
que no hay; los sueños se construyen juntos. Soñemos como una única humanidad,
como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que
nos cobija a todos”[8]
cada uno con su riqueza pero profundamente unidos por lazos de diálogo y
esperanza a ejemplo de la Trinidad, diferente pero unitaria.

Por último es necesario el encuentro que es el fruto del paso de Dios por nuestras vidas, el Papa compara el encuentro con una unción de Dios “que unge todo nuestro ser con el aceite de la misericordia, que cura las heridas de los errores, de las incomprensiones, de las controversias; la gracia de enviarnos, con humildad y mansedumbre, a los caminos, arriesgados pero fecundos, de la búsqueda de la paz” Así, el encuentro es prácticamente una experiencia mística entre el misterio de la fragilidad humana arropada por la bondad de Dios Trino  y que nos impulsa a reproducir eso mismo con nuestros semejantes por medio de la solidaridad, la caridad, el amor.

P. Jesús Camacho