Cocinar y luchar
Poco me gusta cocinar, mucho me gusta comer. Cocinar tiene
algo de entrega, de darse. Usted nota la dedicación de quien prepara la comida:
el guiso, la sazón, el amasado, el no olvidarla en la olla mientras ve
televisión, escribe, lee o revisa las redes sociales.
El esfuerzo se nota, pero el oficio también. Quien cocina
conoce las medidas exactas de sal, el condimento que sustituye a otro, para qué
es esta o aquella rama y no se queda mirándolas, descifrando las diferencias
entre el perejil y el cédano, o adivinando cómo quitarle la amargura a la berenjena sin necesidad de
hacerle cosquillas.
Quien cocina y lo hace a diario, con gusto y entusiasmo,
aprende y enseña de su arte. El agua hervida no se seca y el pollo no queda
crudo y sangrando por la herida. Puede hacerse una fiesta en torno a la
preparación de la comida, basta pensar en una parrillada entre amigos o en la
ceremonia de las hallacas venezolanas: todos reunidos frente al guiso,
cortando, amasando, amarrando, amando, envolviendo, sonriendo, bebiendo.
Algo así es luchar. Y de eso sabemos las mujeres. El oficio
de guerreras lo hemos asumido con empeño y dedicación. Salimos de las cocinas a
las que nos habían relegado por siglos y ocupamos otros espacios, con la
experiencia de nuestras ancestras y conociendo el punto exacto de cocción de
las ideas. Hay mucho de precisión en quien cocina, pero también en quien
batalla hasta conseguir sus objetivos.
Nos desnudamos, pintamos nuestros cuerpos, exigimos el
derecho de decidir sobre nosotras y demostramos de lo que somos capaces.
Marchamos, reclamamos y nos mataron. Volvimos hechas millones, y seguimos
derribando, destrozando, quemando congresos, paredes, prejuicios, mitos, miedos
y leyes en contra.
Pero nos encarcelan,
nos desaparecen, nos violan, nos mutilan, nos ocultan tras un velo y nos dicen
que valemos por el tamaño de nuestros senos, la estrechez de la cintura y la
amplitud de las caderas.
Del sartén en la mano,
pasamos a las leyes en las manos y el puño en alto. Celebramos el logro
de cada hermana y lloramos la partida de otras, víctimas del machismo, pero
también de las garras del sistema
capitalista y del estado burgués que asume medidas neoliberales en contra de
los pueblos, asesinando a hombres, mujeres y niños por igual, porque el sistema
nos viola y obliga al trabajo esclavo con sus sueldos de miseria.
Salimos de las cocinas, terrenos exclusivos de las mujeres,
conquistamos otros espacios, pero seguimos atadas en muchos aspectos.
Ya prendí el fuego, es hora de seguir luchando.
Por: Ana Cristina Chávez [email protected]