Cierre de locales por la cuarentena lleva a la informalidad a los guayaneses

Luego de la ya grave crisis provocada por la progresiva
paralización de las empresas básicas y la caída de la mediana industria, la
pandemia arrasó con lo que quedaba del empleo formal en Guayana. Aunque los
efectos de la COVID-19 son globales, la Organización Internacional del Trabajo
(OIT) estimó en septiembre la pérdida de 34 millones de empleos, en
Venezuela esto es solo un elemento más al cierre de empresas que comenzó
en 1998.

La paralización y la hiperinflación, una de las máximas
expresiones de la distorsión de la economía venezolana, ha generado la
migración de trabajadores a mercados informales, sin seguridad social ni
beneficios de ley porque, en la práctica, la Ley Orgánica del Trabajo ha
quedado sin efecto. Tanto empleados como pequeños comerciantes han buscado
otras alternativas de ingreso en las calles de Ciudad Guayana, considerada en
el siglo XX la alternativa no petrolera de Venezuela.

Christopher López tenía ocho años con su local de ropa en el
Pasaje Park de San Félix, un pasillo de locales que años atrás era importante para
el sector comercial. La paralización por la pandemia y el costo del alquiler de
150 dólares mensuales lo obligó a cerrar su establecimiento con el que tenía
casi una década, y transformar su tienda a un toldo al centro de San Félix, a
escasos metros de la Plaza Bolívar.

En plena calle, bajo sol y lluvia, vende leggins, ropa
deportiva y calzado de dama. Cambió la comodidad de la tienda por una nueva
rutina: recoger y trasladar todos los días la mercancía hasta su casa en
carrucha.

López viene trabajando en el centro de San Félix desde mayo
y no cree que luego de la pandemia pueda volver a su local dado las limitantes
de las ventas, los problemas de hiperinflación y los altos costos de
alquileres. “De 2017 para acá yo tuve que agarrar dinero de 10 años de trabajo
para reponerme (…) la situación se puso crítica”, expresó.

Se siente impotente porque la incomodidad de la calle le ha
mermado las ventas. “Una persona que viene a comprar un pantalón se lo quiere
medir y aquí no puede (…) en un local es distinto porque tienes tus
vestidores”, relató.

Estima que de las 20 docenas de pieza que vendía
anteriormente, ahora solo vende dos docenas. La necesidad de ingresos lo obliga
a trabajar incluso en los miércoles de parada por cuarentena en los que la
Alcaldía de Caroní prohíbe la venta informal, pero permite y promueve grandes
aglomeraciones como la que hizo la CVG el martes en la redoma de CVG Bauxilum
para el encendido del arbolito.

Por necesidad

“Vine a trabajar aquí por necesidad”, dice Ronniel Pérez, un
joven de 18 años, vendedor de huevos que empezó con el negocio en el centro de
San Félix hace dos meses, durante la pandemia.

Año y medio atrás se dedicaba a practicar boxeo. Su papá era
la única entrada de dinero en su casa trabajando como albañil, pero desde marzo
los trabajos de construcción se han reducido y con ello el dinero para comprar
comida.

Intentó conseguir trabajo en una panadería y una carnicería,
pero nunca fue llamado. El aumento del dólar desde principios de noviembre ha
hecho más cuesta arriba lograr ganancias para mejorar la situación económica en
su casa. “Sin decirte mentiras, esta semana no me quedó nada de ganancia”,
expresó.

Las ventas permiten comprar de a poco, un paquete de harina
precocida, arroz o pasta, pero no siempre se puede: “Hoy más bien quedamos
debiendo”. Pérez quisiera un trabajo que le permita alimentarse porque,
palabras más, palabras menos: “hay días que uno se acuesta sin comer”.

El trabajo formal no era opción

Los restaurantes y bares fueron uno de los principales
paralizados por la pandemia por las probabilidades altas de contagio. Felipe
Capozzolo, presidente del Consejo Nacional del Comercio y los Servicios
estimaba para agosto que 40% de sus agremiados estaban migrando a sectores
informales o cambiando de rama. La consecuencia es una reducción de la oferta
de empleo y las oportunidades del mercado.

Yoelis Forte recién estaba firmando un contrato como mesonera
de un restaurante de Puerto Ordaz cuando llegó la pandemia y cerraron. Luego de
esto tuvo que buscar trabajo en el mercado de Unare para recuperar ingresos.

Para ella no era opción intentar buscar un empleo formal por
los impedimentos que tenían estos para operar. “Muchos locales cerraron por la
pandemia, otros se fueron a pique y era muy difícil conseguir uno así”, dijo.

Ahora trabaja vendiendo embutidos, gana 10 dólares semanales
(40 veces más que en su antiguo trabajo) y trata de ahorrar para montar su
propia bodega. Señaló que la entrada es superior que en un restaurante donde
ganaba apenas salario mínimo más propina. Aquí debe hacer un sacrificio mayor:
suele almorzar prácticamente a las 5:00 de la tarde y debe exponerse por largas
horas al sol, una característica del trabajo precario pero que, en medio de las
distorsiones en Venezuela, suena como la panacea del emprendimiento.

Para Forte no es factible volver a trabajar para otro
empleador, por lo que quiere terminar de ahorrar para abastecer un poco más su
bodega. “Limitarme a trabajar para otro sabiendo que ya estoy a un paso de
lograr mi objetivo me parece dar un poco de marcha atrás”, indicó.

Mejores ingresos

La informalidad, aunque disminuye los ingresos para unos,
genera mayor retribución económica para otros en medio de la falta de
incentivos y el declive de la pequeña empresa. Edwin López, técnico de
teléfonos, quedó desempleado luego de que el local donde laboraba bajara las
santamarías por la pandemia.

Ahora emprendió con un puesto de reparación de celulares
cercano a los bloques de Unare, a pocos metros del mercado. “Esto me obligó a
buscar la manera de montar el puesto (…) porque uno vive el día a día, un día
que yo no labore es un día que dejó de producir”, relató.

López tiene tres hijos pequeños. Cuando se quedó sin empleo,
su alivio era el dinero ahorrado y los equipos para empezar por sí solo a
reparar celulares en el centro de compras. Consiguió un puesto en plena acera y
puso una mesa y una lona para cubrirse del sol, pese a las condiciones de
trabajo, prefiere continuar en el mercado.

“Trabajando aquí me va mucho mejor que laborando en un
local”, contó. Mientras en el establecimiento hacía de dos a tres reparaciones
diarias, ahora hace de cinco a seis lo que le pueden generar de 20 a 60
dólares. “Por el simple hecho de estar al aire libre, hay más gente”.

López señaló que no le gustaría volver a trabajar para
alguien más, pero tampoco quedarse laborando bajo esas condiciones. Piensa que
por afluencia de personas y comprando más equipos podría establecer un local
formal en las inmediaciones del mercado.

Informalidad disparada

En Venezuela nunca ha habido políticas para reducir los
índices de informalidad, dado que los requisitos y exigencias legales
dificultan acceder a la formalidad, sostiene el especialista en relaciones
laborales y profesor de la Universidad de Carabobo, Héctor Lucena.

Según la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) de la
Universidad Católica Andrés Bello, la Universidad Central de Venezuela y la
Universidad Simón Bolívar, antes de la pandemia un 45% de los venezolanos
trabajaba por cuenta propia. Para 2016 este porcentaje era de 38%. En Bolívar
la cifra asciende a 47%, casi cinco de cada 10 personas activas.

Caroní, que tiempo atrás representó una alternativa de
trabajo decente, cerró 2019 con índices de 43% de personas trabajando por su
propia cuenta, según la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi). Parte de esto
también por la migración de trabajadores de las empresas básicas a mercados
informales y a las minas al sur de Bolívar donde los porcentajes son más altos:
El Callao (58%) y Sifontes (79%).

En agosto de este año Adán Celis, presidente de la
Confederación Venezolana de Industriales (Conindustria), estimaba que de
continuar la pandemia y no tomarse medidas de apertura unas 800 empresas, un
60% del sector industrial podría cerrar sus puertas. En ese entonces advertía
que se podían perder unos 3 millones de empleos.

“Si la economía no produce empleos formales, la gente busca
cómo resolver, cómo llevar ingresos a su casa”, señaló Lucena, quien apunta a
considera que el incremento de la informalidad se debe a un problema de modelo
económico. “No tiene un sistema que permita generar empleos productivos que
sean sustentables”.

Dio como ejemplo la prohibición de despidos por parte del
gobierno, la cual señala, solo genera ineficiencia e improductividad en las
empresas. “Cuando son privadas cierran y cuando son públicas se mantienen más
bien como una carga para la nación, por tener empleos que no son sustentables”,
explicó.

Para el especialista trabajar en informalidad da mejores
ingresos porque no hay cargas sociales y pagos como vacaciones, bonos y
reposos. “Te dan una cantidad de cosas que no se ven en el día a día pero que
son costos. La informalidad no genera estabilidad, la informalidad es el día a
día”, advirtió.

Para el especialista se debe proteger las compañías, garantizar facilidades para producir, habilitar créditos, dar incentivos y no confiscar empresas para generar confianza y así ir generando mejores condiciones en el área formal que permitan reducir los alarmantes índices de informalidad.

Información de Correo del Caroní