Cambió el juego

Hay acontecimientos políticos que modifican las circunstancias. Otros alteran las estrategias. Y existen algunos que, por su trascendencia, obligan a todos los protagonistas a revisar sus cálculos y posiciones.
El regreso de María Corina Machado a Venezuela pertenece a esta última categoría.
No se trata simplemente del retorno de una dirigente política. Estamos hablando de la presencia en territorio nacional de una mujer que se convirtió en referencia fundamental de la lucha democrática venezolana y cuya ausencia física había condicionado buena parte de la dinámica opositora.
Por eso sostengo que María Corina regresó y cambió el juego.
La noticia provocó una explosión de alegría que pude presenciar personalmente. Las caravanas, los bocinazos, las banderas tricolores y los abrazos espontáneos reflejaban algo que iba mucho más allá de una celebración partidista.
Era la expresión de una esperanza que muchos venezolanos se negaron a abandonar.
Mientras recorríamos las calles, rodeados de ciudadanos emocionados, pensé en los años de persecución, las familias separadas, los presos políticos, los exiliados y los millones de compatriotas que siguen esperando una solución democrática a nuestra prolongada crisis nacional.
Y comprendí que aquel entusiasmo también representaba una enorme responsabilidad.
Porque una cosa es celebrar el regreso de María Corina y otra, mucho más compleja, convertir ese acontecimiento en resultados políticos concretos.
Durante meses, distintos actores políticos construyeron sus estrategias alrededor de la ausencia de María Corina Machado.
Unos apostaron por las negociaciones. Otros insistieron en las reformas institucionales. Algunos plantearon acuerdos graduales y otros consideraron indispensable establecer primero un calendario electoral.
También aparecieron quienes confundieron la prudencia con la inmovilidad y quienes, bajo el argumento del pragmatismo, parecían dispuestos a aceptar una transición indefinida.
Ahora todas esas posiciones deberán confrontarse con una nueva realidad.
La presencia de María Corina en Venezuela introduce un elemento político de enorme importancia, la posibilidad de que su liderazgo vuelva a ejercerse directamente desde el territorio nacional.
Eso modifica las condiciones del debate.
Pero también obliga a formular preguntas fundamentales.
¿Qué ocurrirá con las negociaciones? ¿Cuándo se establecerá una fecha para las elecciones presidenciales? ¿Qué garantías existirán para los ciudadanos? ¿Cuándo recuperarán su libertad todos los presos políticos?
Esas preguntas no desaparecen con el regreso de María Corina.
Por el contrario, adquieren una urgencia todavía mayor.
No tengo acceso a las conversaciones privadas de Delcy Rodríguez ni de Diosdado Cabello. Por eso no pretendo presentar como hechos comprobados los rumores sobre reuniones de emergencia o supuestas reacciones de pánico.
Sin embargo, políticamente resulta evidente que el regreso de una figura de semejante relevancia obliga a quienes ejercen el poder a evaluar sus consecuencias.
Me atrevo a imaginar la intensidad de esas discusiones.
Porque el escenario que tenían delante ya no es exactamente el mismo.
Y si algo ha caracterizado a María Corina Machado es su capacidad para mantener una posición política reconocible incluso en las circunstancias más adversas.
Sus adversarios tendrán que decidir cómo responder a su presencia, mientras los actores democráticos deberán demostrar que son capaces de transformar las expectativas ciudadanas en propuestas institucionales verificables.
El verdadero alcance de este acontecimiento no se medirá por el nerviosismo que pueda provocar en los despachos oficiales, sino por los cambios efectivos que produzca en la vida política venezolana.
Durante demasiado tiempo hemos escuchado explicaciones sobre por qué no se pueden celebrar elecciones presidenciales, por qué las reformas deben esperar o por qué determinados compromisos necesitan nuevas rondas de conversaciones.
Entiendo que una transición política exige negociaciones, garantías y decisiones difíciles.
Lo que no puede aceptarse es que la palabra transición termine convirtiéndose en una justificación para prolongar indefinidamente la incertidumbre.
El regreso de María Corina ofrece una oportunidad para revisar esas prioridades.
En mi opinión, cualquier proceso político que aspire a una legitimidad democrática duradera debe contemplar tres asuntos esenciales: elecciones presidenciales con garantías, libertad para todos los presos políticos y respeto efectivo de los derechos ciudadanos.
No puede hablarse de transición mientras persistan las detenciones por motivos políticos.
Tampoco puede presentarse como una solución definitiva un arreglo institucional que no permita a los venezolanos expresar libremente su voluntad mediante el voto.
Lo que vivimos el día que llegó María Corina Machado fue extraordinario.
Vi ciudadanos emocionados, hombres y mujeres abrazándose, banderas ondeando y familias enteras celebrando una noticia que consideraban decisiva.
Pero también sé, por mi propia experiencia de persecución, asilo y exilio, que la libertad exige mucho más que entusiasmo.
Exige perseverancia, organización, serenidad y claridad de objetivos.
La emoción popular puede abrir una nueva etapa. Lo verdaderamente importante será cómo se desarrollará esa etapa y qué resultados podrá ofrecer a los venezolanos.
María Corina tiene ahora ante sí el desafío de ejercer su liderazgo dentro del país, en medio de una realidad política compleja y de expectativas ciudadanas extraordinariamente elevadas.
Quienes la acompañamos también tenemos responsabilidades.
Debemos evitar que la euforia sustituya al análisis, que las rivalidades internas debiliten los objetivos comunes o que las expectativas se conviertan en promesas imposibles de cumplir.
He sostenido durante años que la crisis venezolana no puede resolverse mediante simples cambios de nombres, acuerdos entre dirigentes o modificaciones superficiales del aparato institucional.
La solución debe descansar sobre la soberanía popular, las libertades públicas, el Estado de derecho y unas instituciones que respondan a los ciudadanos.
El regreso de María Corina Machado puede representar un punto de inflexión para alcanzar esos objetivos.
Sin más que agregar,  nos leemos la próxima semana.
Por Omar González Moreno